domingo, 23 de enero de 2011

EN EL CAFÉ - 3

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                                                           CAPÍTULO III



César. – Así, pues, ¿nos explicará esta noche cómo se puede vivir sin gobierno?

Jorge. – Haré lo que pueda. Pero ante todo examinemos un poco en qué estado se encuentra la sociedad actual y si es verdaderamente necesario cambiar su constitución.
Observando la sociedad en que vivimos, los primeros fenómenos que llaman la atención del observador son la miseria que aflige a las masas, la incertidumbre del mañana que pesa más o menos sobre todos, la lucha encarnizada que llevan a cabo todos contra todos por la conquista del pan.

Ambrosio. – Señor mío, usted puede continuar un buen rato describiendo los males sociales; de materia no falta. Pero eso no sirve para nada y no demuestra que se estaría mejor poniendo las cosas al revés. No es sólo la miseria la que aflige a la humanidad; existen también pestes, terremotos, cólera... y sería curioso que usted quisiera hacer la revolución contra esos flagelos.
El mal está en la naturaleza de las cosas...

Jorge. – Pero quiero precisamente demostrarle que la miseria depende del modo actual de organización social y que en una sociedad más equitativa y más razonablemente organizada debe desaparecer.
Cuando no se conocen las causas de un mal y no se sabe cómo remediarlo, paciencia; pero en cuanto se descubre el remedio está en el interés y el deber de todos el aplicarlo.

Ambrosio. – Ahí está su error; la miseria depende de causas superiores a la voluntad y a las leyes humanas. La miseria depende de la naturaleza avara que produce insuficiente para la necesidad de los hombres.
Vea los animales, donde no hay que acusar al capital de infame ni al gobierno de tiránico; no hacen más que luchar por el alimento y a menudo mueren de hambre.
Cuando no hay, no hay. La verdad es que somos demasiados en el mundo. Si la gente supiese contenerse y no hiciera hijos mas que cuando pudiese mantenerlos... ¿Ha leído a Malthus?

Jorge. – Sí, un poco; pero si no lo hubiese leído sería lo mismo. Lo que yo sé, sin tener necesidad de leerlo en parte alguna, es que se necesita una buena cara dura, perdóneme, para sostener esas cosas.
La miseria depende de la naturaleza avara, dice usted, y sin embargo, sabe que hay muchas tierras incultas.

Ambrosio. – Pero si hay tierras incultas, no significa que sean cultivables, que puedan producir lo suficiente para pagar los gastos.

Jorge. – ¿Lo cree usted?
Pruebe un poco y regáleselas a los campesinos y verá qué jardines harán de ellas. Por lo demás, ¿es que razona usted en serio? Muchas tierras han sido cultivadas en otros tiempos, cuando el arte agrícola estaba en sus primicias y la química y la mecánica aplicada a la agricultura no existían apenas. ¿No sabe que hoy se pueden transformar en tierras fértiles incluso los pedregales? ¿No sabe que los agrónomos, aun los menos entusiastas, han calculado que un territorio como Italia, si fuera cultivado racionalmente, podría mantener en la abundancia una población de cien millones?
La verdadera razón por la cual las tierras fueron dejadas incultas, y no se saca de las cultivadas más que una pequeña parte de lo que podrían dar, si se adoptasen métodos de cultivo menos primitivos, está en que los propietarios no tienen interés en aumentar la producción. No se preocupan del bienestar del pueblo: producen para vender, saben que cuando tienen mucho los precios bajan y el provecho disminuye y puede acabar siendo, al fin de cuentas, menor de lo que obtienen, cuando los productos escasean y pueden ser vendidos al precio que pretenden.
Esto no ocurre sólo en lo que se refiere a los productos agrícolas. En todas las ramas de la actividad humana pasa lo mismo. Por ejemplo: en todas las ciudades los pobres son constreñidos a vivir en tugurios infectos, amontonados sin preocupación alguna por la higiene y la moral, en condiciones en que es imposible mantenerse limpios y vivir decentemente. ¿Por qué ocurre eso? ¿Tal vez porque faltan las casas? ¿Pero por qué no se construyen casas sanas, cómodas y hermosas en cantidad suficiente para todos?
Las piedras, la tierra para hacer ladrillos, la cal, el hierro, la madera, todos los materiales de construcción abundan; abundan los albañiles, los carpinteros, los arquitectos sin trabajo que solo desean trabajar. ¿Por qué se dejan inactivas tantas fuerzas, que podrían ser empleadas para beneficio de todos?
La razón es simple, y es que si hubiera muchas casas los alquileres disminuirían. Los propietarios de las casas hechas, que son los mismos que tendrían medios para hacer otras, no tienen ninguna voluntad de ver disminuir sus rentas por el bienestar de la gente.

César. – Hay verdad en lo que usted dice; pero se engaña al explicar los hechos dolorosos que afligen a nuestro país.
La causa de las tierras mal cultivadas o incultas, de la paralización de los negocios, de la miseria general, es que nuestra burguesía no es emprendedora. Los capitalistas son miedosos e ignorantes y no quieren o no saben desarrollar las industrias, los propietarios de tierras no saben hacer más que lo que hicieron sus abuelos y, por otra parte, no quieren molestias, los comerciantes no saben abrirse a nuevos mercados, y el gobierno, con su fiscalismo y su estúpida política aduanera, en lugar de estimular la iniciativa privada, la obstaculiza y la sofoca en su cuna. Fíjese en Francia, Inglaterra, Alemania.

Jorge. – Que nuestra burguesía sea negligente e ignorante, no lo pongo en duda, pero su inferioridad explica sólo por qué es derrotada por la burguesía de los otros países, en la lucha por la conquista del mercado mundial; no explica en modo alguno el por qué de la miseria del pueblo. Y la prueba vidente es que la miseria, la falta de trabajo y todo el resto de los males sociales existen en los países donde la burguesía es más activa e inteligente que en Italia: incluso los males son generalmente más intensos en los países donde la industria está más desarrollada, salvo que los obreros hayan sabido conquistar mejores condiciones de vida con la organización, la resistencia o las sublevaciones.
El capitalismo es el mismo en todas partes. Tiene necesidad, para vivir y prosperar, de una condición permanente de semi-carestía; tiene necesidad de ella para mantener los precios y para encontrar siempre hambrientos dispuestos a trabajar en cualquier condición.
Usted ve, en efecto, que cuando en un país cualquiera la producción es impulsada, no es para dar a los productores el medio de consumir más, sino siempre para vender en un mercado exterior. Si el consumo local aumenta es sólo cuando los obreros han sabido aprovechar las circunstancias para exigir un aumento de salario y han conquistado así la posibilidad de comprar más; pero luego, cuando por una razón o por otra el mercado exterior para el que se trabaja no compra más, viene la crisis, el trabajo se detiene, los salarios se reducen y la miseria vuelve a hacer estragos. Y sin embargo, en el mismo país la gran mayoría carece de todo. ¡Con lo razonable que sería trabajar para el propio consumo! Pero entonces, ¿qué ganarían los capitalistas?

Ambrosio. – ¿Así, pues, usted cree que toda la culpa es del capitalismo?

Jorge. – Sí, tanto o más por el hecho que algunos individuos han acaparado la tierra y todos los instrumentos de producción, y pueden imponer a los trabajadores su voluntad de tal manera que, en lugar de producir para satisfacer las necesidades de la población, se produce para el beneficio de los patrones.
Todas las razones que podría imaginar para salvar los privilegios burgueses son otros tantos errores, u otras tantas mentiras. Hace poco decía usted que la causa de la miseria es la escasez de productos. En otro momento habría dicho que los almacenes están repletos, que los artículos no se pueden vender y que los patrones no pueden dar trabajo para arrojar luego el producto.
He aquí lo absurdo del sistema: se muere de hambre porque los almacenes están repletos y no hay necesidad de cultivar o, más bien, los propietarios no tienen necesidad de hacer cultivar la tierra; los zapateros no trabajan y, sin embargo, van con los zapatos rotos porque hay demasiados zapatos... y así por el estilo.

Ambrosio. – ¿Por consiguiente son los capitalistas los que se deberían morir de hambre?

Jorge. – ¡OH, no! De ningún modo. Deberían simplemente trabajar como los demás. Eso le parecerá un poco duro, pero no lo crea, cuando se come bien el trabajo no hace daño. Aún más, le podría demostrar que es una necesidad y una alegría para el organismo.
Pero, a propósito, mañana tengo que trabajar y ya es demasiado tarde. Hasta otra vez.


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