jueves, 13 de enero de 2011

EN EL CAFÉ - 2

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Queda dicho: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia y bla, bla, bla...
                                                        

                                                   CAPÍTULO IIº



Ambrosio. (Juez) – Escuche, señor Próspero, ahora que estamos entre nosotros, todos buenos conservadores. La otra noche, cuando hablaba con ese cabeza hueca de Miguel, no quise entrometerme; pero, ¿es aquél el modo de defender las instituciones? ¡Casi parecía usted anarquista!

Próspero. – OH, ¿y por qué?

Ambrosio. – Porque en sustancia, usted decía que toda la organización presente de la sociedad está fundada en la fuerza, dando así razón a los que quisieran destruirla con la fuerza. Pero los supremos principios que rigen las sociedades civiles, el derecho, la moral, la religión, ¿no los cuenta para nada?

Próspero. – Sí, usted siempre se llena la boca con su derecho. Es un vicio que procede del oficio. Si mañana el gobierno decretase, supongamos, el colectivismo, usted condenaría a los partidarios de la propiedad individual, con la misma impasibilidad que condena hoy a los anarquistas... y siempre en nombre de los supremos principios del derecho eterno e inmutable.
Todo es una cuestión de nombres, Usted dice derecho, yo digo fuerza, pero al fin lo que decide de veras son los sacrosantos carabineros y tiene razón el que los tiene de su parte.

Ambrosio. - ¡Vamos, vamos, señor Próspero! Parece imposible cómo en usted el amor al sofisma sofoca siempre los instintos del conservador. No comprende de qué mal efecto es ver una persona como usted, uno de los más pudientes de la región, dar argumentos a los peores enemigos del orden. Créame: dejemos de disputar entre nosotros, al menos en público, y agrupémonos para defender las instituciones, que por la malignidad de los tiempos están sufriendo rudas sacudidas, y para defender nuestros intereses en peligro...

Próspero. – Estrechemos las filas, bien; pero si no tomamos enérgicas medidas, si no se acaba con el doctrinarismo liberal no se hará anda.

Ambrosio. – OH, sí, eso es verdad. Son necesarias las leyes severas y severamente aplicadas.
Pero eso no basta. Sólo con la fuerza no se tiene largo tiempo sujeto al pueblo, máxime en los tiempos que corren. Es preciso oponer la propaganda a la propaganda, es preciso persuadir al ciudadano de que tenemos razón.

Próspero. – ¡Entonces mal va! Amigo mío, por el interés común le ruego que se guarde bien de la propaganda. Es una cosa subversiva, aunque la hagan conservadores; y su propaganda se volvería siempre beneficiosa para los socialistas, los anarquistas o como diablos se llamen.
Es imposible persuadir a uno que tiene hambre, de que es justo que no coma, y más cuando es el mismo que produjo los alimentos. Mientras no piense, y marche bendiciendo a dios y al patrón por lo poco que le dejan, está bien. Pero desde el momento que comienza a reflexionar sobre su condición, todo acabó: se convierte en un enemigo con el que no será posible reconciliarse.
¡Sí, sí! Es preciso evitar a cualquier precio la propaganda, sofocar la prensa con o sin la ley o incluso contra ella.

Ambrosio. – ¡Seguramente, seguramente!

Próspero. – Impedir toda reunión, disolver las asociaciones, meter en la cárcel a todos lo que piensan.

César. (Negociante) – Poco a poco, no se deje llevar por la pasión. Recuerde que otros gobiernos y en tiempos mas propicios, han adoptado los métodos que usted aconseja y han precipitado su caída.

Ambrosio. – Silencio, silencio; he ahí a Miguel, que viene en compañía de un anarquista, a quien condené el año pasado a seis meses de cárcel por un manifiesto subversivo. En realidad, que quede entre nosotros, era completamente legal; pero, qué quieren, estaba la intención delictiva y, además, la sociedad debe ser defendida.

Miguel. – Buenas noches, señores. Les presento un amigo anarquista que ha querido aceptar el desafío lanzado la otra noche por el señor Próspero.

Próspero. – ¿Qué desafío, qué desafío? Se discute así entre amigos para pasar el tiempo. Por tanto, ya me explicará usted lo que es esa anarquía de la cual no hemos podido comprender nunca nada.

Jorge. (Anarquista) – No oficio de profesor de anarquía y no vengo a darles un curso de anarquía; pero puedo defender mis ideas. Por lo demás aquí está este señor (señalando a Ambrosio en tono irónico) que debe saber más que yo. Ha condenado mucha gente por anarquismo y como, ciertamente, es hombre de conciencia, no lo habrá hecho sin haber estudiado previamente el argumento.

César. – Vamos, vamos, no lo convirtamos en una cuestión personal. Y ya que debemos hablar de anarquía, entremos en el asunto.
Vea, yo reconozco que las cosas van mal y que es preciso remediarlas. Pero no hay que caer en utopías y, sobre todo, hay que evitar la violencia. Ciertamente, el gobierno debería preocuparse más a fondo de los trabajadores; debería procurar trabajo a los desocupados, proteger la industria nacional, estimular el comercio. Pero...

Jorge. – ¡Cuántas cosas quiere usted hacerle hacer al pobre gobierno! Pero el gobierno no quiere preocuparse de los intereses de los trabajadores y se comprende...

César. – ¿Cómo, se comprende? Hasta ahora el gobierno se ha mostrado verdaderamente incapaz y tal vez poco voluntarioso para remediar los males del país, pero mañana, ministros más instruidos y celosos de su trabajo podrían hacer lo que no se ha hecho hasta ahora

Jorge. – No, querido señor, no es cuestión de un ministro o de otro. Es cuestión del gobierno en general: de todos los gobiernos, el de hoy como el de ayer y como el de mañana. El gobierno emana de los propietarios, sus miembros son ellos mismos; ¿cómo podría, pues, obrar en interés de los trabajadores? Por otra parte, el gobierno, aunque quisiera, no podría resolver el problema, porque lo que lo provoca determina la naturaleza y la tendencia del gobierno. Para resolver la cuestión social es preciso cambiar radicalmente todo el sistema, que el gobierno tiene precisamente por misión defender.
Usted habla de dar trabajo a los desocupados. Pero ¿cómo puede hacer eso el gobierno si no tiene trabajo? ¿Debe realizar obras inútiles? ¿Y quién las pagará luego? ¿Debería hacer producir para proveer las necesidades de la gente? Pero entonces, los propietarios no encontrarían el modo de vender los productos que usurpan a los trabajadores, al contrario, deberían cesar de ser propietarios, pues el gobierno, para poder hacer trabajar a la gente, tendría que quitarles la tierra y el capital que tienen monopolizados.
Eso sería la revolución social, la liquidación de todo el pasado, y usted sabe que si eso no lo hacen los trabajadores, los pobres, los desheredados; el gobierno, ciertamente, no lo hará nunca.
Proteger la industria y el comercio, dice usted: pero el gobierno no puede, a lo sumo, más que favorecer a una clase de industriales en perjuicio de otra clase, los comerciantes de una región en perjuicio de otra. Resumiendo: no se habría ganado nada, aparte de favoritismo, injusticia y muchos gastos improductivos de más. En cuanto a un gobierno que protegiera a todos, es una idea absurda, puesto que le gobierno no produce nada y, por tanto, no puede hacer más que cambiar de lugar la riqueza producida por los otros.

César. - ¿Pero, entonces? Si el gobierno no quiere o no puede hacer nada, ¿qué remedio queda? Aun si ustedes hicieran la revolución será preciso que formen otro gobierno, y como usted dice que todos los gobiernos son lo mismo, tras la revolución quedaremos igual que antes.

Jorge. – Usted tendría razón si la revolución que buscamos fuese un simple cambio de gobierno. Pero nosotros queremos la completa transformación del régimen de la propiedad, del sistema de producción y de cambio; y en cuanto al gobierno, órgano parasitario, inútil y nocivo, no lo queremos de ningún modo. Consideramos que mientras haya un gobierno, es decir, un ente sobrepuesto a la sociedad y provisto de medios para imponer con la fuerza la propia voluntad, no habrá emancipación real, no habrá paz entre los hombres.
Usted sabe que soy anarquista, y anarquía significa sociedad sin gobierno.

César. – ¿Pero cómo? ¿Una sociedad sin gobierno? ¿Cómo se puede vivir así? ¿Quién haría las leyes? ¿Quién las haría ejecutar?

Jorge. – Veo que no sabe nada de lo que nosotros queremos. Para no perder el tiempo en divagaciones, será preciso que me deje explicarle breve, pero metódicamente, nuestro programa y así podremos sacar mejor provecho de la discusión.



Pero ahora es tarde, comenzaremos el día próximo.

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