viernes, 3 de marzo de 2017

ECONOMÍA DE LIBRE MERCADO

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Es curioso de ver cómo se confunde el actual y mal llamado liberalismo con la economía de libre mercado.
El liberalismo, al que no podemos dar la espalda tan fácilmente, trata a todo el mundo por igual y sin ningún escrúpulo. Para el liberalismo solo cuenta el nivel de productividad del individuo, esté asociado en grupos o en solitario. El Estado liberal debe evitar cualquier trato de favor hacia un individuo o colectivo. El Estado solo tiene que velar para que la ley sea igual para todos sin excepción, para evitar que se crean lobbies o pactos entre gremios, para subir o bajar artificialmente los precios; es decir lo contrario al actual sistema mal llamado liberal, cuando está diseñado para favorecer a individuos de gran influencia económica o grandes sociedades, por encima del resto, como la banca, los grandes grupos financieros, comerciales o industriales.
En un sistema auténticamente liberal, la gran superficie no podría competir con el pequeño o mediano comerciante. Los gobiernos locales no podrían recalificar terrenos a su medida, construir entradas y salidas en las carreteras o cinturones para su satisfacción, tampoco crear espacios de recreo, o servicios públicos a la medida, a cambio de nada, puesto que la gran superficie consigue importantes exenciones de impuestos. El liberalismo tampoco entiende de artimañas contables o ingeniería financiera. Un sistema liberal es imparcial y transparente por naturaleza, de modo que tanto el pequeño industrial como la gran multinacional podrían acceder a las mismas subvenciones y facilidades financieras o de crédito.
En un sistema genuínamente liberal, el grande tendría que competir en igualdad de condiciones que el pequeño. En pocas palabras, tendría que pagar los impuestos en su proporción exacta, lo que equivaldría a un mejor reparto y a una importante disminución del montante que paga el pequeño.

La economía de libre mercado no es otra cosa que un sistema de relación entre las personas y los grupos sociales. Adam Smith habló de ella como la mano invisible que dirige de manera extremadamente eficiente todo un gigantesco sistema económico, al convertirse en millones los pequeños y grandes intercambios entre personas o grupos de personas.
La economía de libre mercado regula los precios por si sola, siendo la sociedad, sin necesidad de ningún factor externo, quien disponga de más o de menos cantidad de productores para un bien determinado, dependiendo la necesidad creada por la demanda.
Con un sistema de libre mercado el paro, excepto el estructural, es imposible o muy escaso. No es necesario crear empresas o leyes que garantizen el trabajo, porque el mismo sistema se cuida de crearlo sin cesar.

El Estado es el agente que debe velar para que todo el mecanismo funcione, creando o gestionando aquel modelo de empresa que, por sus características y según el pacto social, sean consideradas de necesidad pública. Por ejemplo la educación, la sanidad, el transporte público o los servicios más básicos, necesarios para la supervivencia de la misma sociedad y para garantizar que todos sus miembros dispongan del mínimo para ejercer su propia soberanía. Para conseguir los fondos necesarios, el Estado solo necesita crear un pequeño impuesto para cada una de esas millones de pequeñas transacciones, o sobre la plusvalía generada por ellas. No necesita más, ya que en un sistema justo, sin posibilidad de crear grandes grupos de presión o pactos para alterar el valor de las mercancías, el Estado ya no tiene la necesidad de gravar de manera excesivamente progresiva según la fortuna de cada uno, porque las grandes desigualdades no existirían. El Estado, en este caso solo tendría que gravar de manera especial las herencias, para que la sociedad pudiera recuperar parte de sus plusvalías y así facilitar la igualdad de oportunidades entre las nuevas generaciones.

Es un error creer que no se valora lo barato o lo que en principio parece no costar nada. La sanidad, la educación y lo que deberíamos llamar servicios públicos básicos, tienen un precio que todos deben conocer y participar de él, y ayudar para facilitar su administración. Nada es gratis, todo tiene un coste, que puede haber sido pagado por nuestros impuestos o por la plusvalía de otras empresas o servicios.
En una economía de mercado socialmente perfecta, usted podría tener un contador en su casa, que se dispararía al sobrepasar el consumo mínimo, tanto de agua, de electricidad, de gas o de servicios telemáticos. Y usted recibiría mensualmente un bono de viajes unipersonal, que podría utilizar a su libre albedrío. Y podría disfrutar de la plena libertad para informarse y aprender a través de las investigaciones más recientes. Y todo esto, sorprendentemente, gracias a la economía de libre mercado, con un sistema impositivo justo y eficiente, y un buen reglamento de relaciones sociales.

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miércoles, 8 de febrero de 2017

NEOLIBERALISMO Y EL NUEVO MESÍAS




El neoliberalismo no entiende de patrias ni de fronteras, si no es para aprovecharse de ellas, y carece de escrúpulos para conseguir su fin. Le da lo mismo que sean mil, un millón, o cien millones de seres humanos los que deban ser sacrificados. Para entenderlo solo hay que descubrir dónde se producen guerras y quiénes las financian, qué países son catalogados como malditos, aunque nunca hayan amenazado a nadie, si no es que sean amenazados. Curiosamente solo hay guerra en los países que no producen armas.
Otros países intentan ser acosados, pero por su tamaño y por su capacidad de resistencia son aparentemente olvidados (curiosamente esos países fabrican armas); no obstante, el sistema los agrede verbalmente de manera permanente o económica, con aranceles o con penalizaciones.
El sistema no puede permitir, especialmente en lo que respecta a la influencia norteamericana, que un país abandone el dólar como divisa de intercambio, ya que sería un mal ejemplo y el inicio de la ruina norteamericana, que arrastra un déficit exterior monstruoso. Los países que osan poner en duda la preponderancia económica del monstruo, cambian de régimen de manera poco ortodoxa, generalmente con golpes de estado o siendo directamente invadidos.
El sistema se vende en formato de democracia absolutamente prostituida y vigilada, alternando el populismo patriotero, los nacionalismos o, si se tercia, el fascismo: Hungría y la actual Ucrania por ejemplo. Lo que el sistema no puede es permitir la subida al poder de un gobierno que pretenda controlar la economía, regulándola a la medida de la necesidad del país sin hacer caso al gran consejo de administración mundial que mueve los hilos.

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A la derecha española, la real, no esa que babea cada vez que uno de sus estúpidos cabecillas habla de patria, no le importa lo más mínimo la independencia catalana. Sabe perfectamente que nada cambiará, que todo seguirá su curso aunque Catalunya se independice. La derecha necesita gobernar, da lo mismo bajo qué bandera. Es mil veces preferible una Catalunya independiente gobernada por un mesías seudonacionalista, que una Catalunya dentro o fuera de España gobernada por un partido genuinamente socialista, al que acusan de populista y de antisistema. Es preferible porque el sistema ya se ha repartido el botín, ahora en forma de agua potable, de los combustibles, de la sanidad, de la cultura, de la tierra y de la educación; y más adelante lo hará con el aire, con el mar y con cualquier pequeña empresa que demuestre independencia económica. El ciudadano no debe descubrir que en un sistema regulado por él mismo, es decir a través del Estado, puede vivir con más libertad y comodidad.

Lo que hemos estado viendo estos días, el procesamiento de unos dirigentes, anteriormente despojados del poder por las urnas, elevados al estado de semidioses por una ciudadanía convenientemente azuzada, y vitoreados en una comitiva bien orquestada y organizada, es puro teatro. 
Se trata simplemente de elevar al altar político a los presuntos defensores de su país, los nuevos mártires del nacionalismo, para mantenerlos en el poder.
Y el gran teatro judicial montado por el gobierno central, es también el medio para enquistarse en el poder, tras haber espantado a una ciudadanía con pocas luces democráticas o ninguna, aparentando una firmeza autoritaria casi de espantapájaros.

Patriotismo es aquello por lo que se defiende el bienestar de sus semejantes. Los patriotas pueden ser del mundo o de su pequeño pueblo, dependiendo de la visión que tengan del mundo, de lo vivido y de lo sentido durante su vida.
El patriota nunca venderá los recursos, la sanidad o la educación de la totalidad de su pueblo, aún menos a una corporación extraña a él.

Nacionalismo es aquello por lo que se defiende la diferencia con el resto del mundo que nos rodea, aunque no la haya. El nacionalista empatiza más con un vecino, con el que solo le une su idioma y cómo viste y come, que con un ser humano de su misma ideología y personalidad, pero de un país lejano.

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miércoles, 25 de noviembre de 2015

LA IZQUIERDA REAL

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Me sorprende que tras lo que se avecina y lo vivido esos últimos años, la izquierda real se mantenga tan dividida.
Debemos ser conscientes que la izquierda no es mayoritaria ni parece que lo vaya a ser nunca, al menos tal como actualmente la entendemos, pero sí que su nicho es grande, lo suficiente como para poder influir sobre la seudo izquierda o, mejor, un liberalismo con fuertes inquietudes sociales.
Hace poco, mientras analizaba la deriva de Podemos y su caída, tanto en los sondeos como en su misma afiliación, descubrí que esa había surgido antes del golpe de estado económico en Grecia, seguramente porque una parte de sus bases ya había empezado a desvincularse y a percatarse de la falsedad de su discurso. Tras el golpe en Grecia, y al desmarcarse Podemos del resultado del referéndum, se acentuó su caída. Primero al descubrirse la imposibilidad de mantener un discurso de dureza y un programa que promulga el rechazo a la austeridad, sin que exista la voluntad de romper con el sistema imperante o, mejor, siendo su cómplice.
Fuera de lo que nosotros pensemos, sobre la conveniencia o inconveniencia de un ciclo de austeridad, debemos entender que el votante de izquierdas, que se caracteriza por su inteligencia, su honestidad y su capacidad de análisis, todas ellas considerablemente más elevadas que las del típico votante de derechas, no es fácil de engañar. Y en el momento que este votante descubre que sus representantes, no solo reconocen su incapacidad para poner en práctica su ideología, sino también que el resultado de una consulta ciudadana podría carecer de validez, el votante de izquierdas pierde la confianza.
Podemos ha sobrevalorado sus fuerzas, es demasiado joven y todavía no ha podido tejer una red clientelar. El ciudadano puede prescindir de él con relativa facilidad. Ahora ya solo le queda el aparato, enquistado ideológicamente, y un cúmulo de votantes televidentes; es decir el más inculto, cazado mediante el populismo barato.

La izquierda real no tiene patria, no cree en dioses ni en líderes que los suplan. De hecho la izquierda real ni siquiera cree en siglas. La izquierda real se compone de personas, movimientos ciudadanos, pequeñas asociaciones que defienden a las minorías, esas que apenas dan voto o beneficio económico.
La izquierda real no es Podemos, o las CUP en el caso catalán, sino un grupo de ciudadanos que vota a IU o pequeños partidos de parecida ideología, prácticamente fuera del arco parlamentario, y un gran grupo que, al no sentirse representado, no suele votar.
Mientras la izquierda real no se decida por un cambio de paradigma, hasta que no se de cuenta que el mundo ha cambiado, no va a levantar cabeza. Podrá revivir momentáneamente gracias a un contexto de profunda crisis, pero sin sobrepasar unos límites insuficientes para ser opción de gobierno. Su ceguera le puede engañar, haciéndole creer que el ciudadano ha descubierto su verdad; sin embargo, al poco se dará cuenta que había sido un espejismo.
La izquierda real vive presa de sus propios demonios y vicios, de su pequeño totalitarismo, del miedo a desaparecer si da un paso en falso en su necesaria refundación. Sabe que sin ella su destino es el olvido, y que la alternativa es abandonar su manera de hacer política, sus costumbres, en suma deshacerse de su aparato. Y al ritmo que va nunca encontrará el momento oportuno.

No estoy muy seguro de si podremos ayudarla, pero lo que sí sé es que sin enfrentarla será imposible. Hagámoslo, luego ya veremos lo que hacer.

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sábado, 15 de agosto de 2015

LA IMPOSIBLE CONCILIACIÓN


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Hace años, cuando Maragall propuso el nuevo estatuto de autonomía catalán, con el consiguiente rechazo y boicot a Catalunya, auspiciados sin niguna vergüenza por el PP y el gobierno de Aznar, expliqué que tarde o temprano, tanto descerebramiento y fascismo llevaría a la rotura de la nación. Algunos de mis actuales lectores, aparte de los foros económicos de Expansión, pueden corroborar lo que digo. Tiempo después Andalucía promulgó su estatuto, idéntico por cierto al catalán, aprobado por los mismos que siguieron censurando al mismo. Por entonces incluso se escucharon insultos a Catalunya, por parte de prohombres del PP y de los medios afines a él, es decir el Mundo, ABC y la Razón. Javier Arenas fue uno de ellos. Creo que este señor llegó a excusar la aprobación del estatuto andaluz por ser Andalucía más leal al Estado.
El boicot hizo recapacitar a la clase empresarial catalana y le obligó a buscar otros mercados más
estables, también afectó a los sindicatos, que, sorprendidos y avergonzados, tuvieron que soportar que algunos de sus compañeros españoles, discutieran en sus sedes la oportunidad e incluso apoyaran el boicot. Pero para la ciudadanía catalana, lo peor y más sangrante fue ver cómo más de nueve millones y medio de ciudadanos refrendaban el boicot y los insultos, al volver a apoyar al PP en las elecciones del 2004. En realidad todos sabíamos que, de no haber sido por la nefasta gestión del PP tras los atentados del 11M, más parecida a la de una república bananera que a la de un estado europeo, habría vuelto a gobernar con comodidad. La ciudadanía catalana fue consciente que el PP no perdió por los desprecios a su país sino por la misma cobardía de la ciudadanía española, atemorizada porque su política asesina en Irak le estaba saliendo cara. De hecho esa ciudadanía ni siquiera dejó de votarle por su política asesina o haberle mentido para entrar en la guerra. Todo eso ya le estaba bien, si a cambio podía mantener el precio de la gasolina.

Recuerdo que hace muchos años, tras la Transición, los sondeos mostraban un independentismo en retroceso, que apenas sobrepasaba el 20%. Hoy, treinta y cinco años más tarde, más del 40% de los catalanes desean la independencia, cerca de un 20% la desaprueban, y al resto le importa un pimiento ser español. Da lo mismo su procedencia, es más, creo que hay más independentismo entre los castellanoparlantes, que entre los
mismos catalanoparlantes, más acostumbrados esos a contemporizar, y que no tienen que soportar que les insulten obsesivamente, como a sus vecinos cuando visitan a sus antiguos familiares del pueblo. Al menos esa es mi percepción tras hablar con cientos de personas en la ciudad más castellanoparlante de Catalunya.

El resultado de una política determinada no sale a la luz hasta pasados unos cuantos años, muchos más de los que la mayoría puede imaginar. El efecto del mayo del 68 no pudo verse hasta mediados de los setenta. El de la revuelta del 15M no la veremos hasta el 2020 o 30. El resultado del autoritarismo fascista de Aznar y su gobierno saldrá a la luz hasta dentro de cinco o seis años, ocho a lo sumo. Los actuales y futuros votantes del PP y los que no votan porque ya les está bien lo que hay, poco tendrán que ver. Mientras sus padres votaron un partido fascista, ellos solo lo hacen a un grupo de mafiosos y ladrones. La irresponsabilidad de sus padres y de los que entonces prefirieron quejarse, sin siquiera involucrarse votando, será pagada por todos. El que hoy voten a un grupo mafioso afectará a sus hijos o a los hijos de sus hijos, a ellos no porque seguramente ya les está bien.

No sé cómo lo ven ustedes, pero yo lo tengo muy claro.
Aun siendo un recalcitrante antinacionalista, soy uno de los que se abstendrán en un próximo referéndum por la independencia; aunque por mi talante y mi ideología dejaré la salud y la vida, de ser necesario, para que la ciudadanía pueda decidir lo que más le convenga.

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domingo, 8 de febrero de 2015

LA CASTA


 



Últimamente está de moda hablar de Casta, aunque ahora ya no se la nombre como tal, porque dependiendo cómo, su definición puede salpicar con dedo acusador a quién la nombra.
Son muchas las reuniones en las que unos, después de citarse con otros para hablar de la posibilidad de una confluencia, acusan con desprecio a sus interlocutores por ser Casta, eso de salida y sin más, como si quisieran marcar su territorio.
Y nosotros, que somos simples piratas y que no tenemos ni idea de lo que es el juego sucio e insultante de la política, preguntamos qué demonios es Casta. Porque hasta el momento solo Félix Millet tuvo la osadía de explicarlo. Somos la Casta, dijo refiriéndose a un grupo de gente de una clase social muy bien escogida, con privilegios parecidos a los de la aristocracia medieval.
Para nosotros, piratas hasta la médula, defensores de los derechos humanos y amantes de la cultura y de la inteligencia compartidas, Casta es todo aquel que se cree distinto y superior, que considera que sus ideas están por encima del resto. Para nosotros, hombres simples y sencillos, para ser de la Casta se empieza por eso y se termina viviendo a costa de la mayoría, que trabaja para ella.
Dicen...
¿Has gobernado?
¡Eres Casta!
Da lo mismo que lo hayas hecho bien, que incluso te hayas sentido oposición aun estando dentro del gobierno. Da lo mismo que tu salario haya sido inferior al que habías o hubiéses disfrutado, que hayas entregado una parte para pagar la luz o el agua de los necesitados. Da lo mismo, tu eres Casta, no yo, que pronto lo haré.
¿Has gobernado?
¡Eres Casta!
Da lo mismo que hayas estado en el frente de una guerra injusta, haciendo de escudo humano, fotografiando o filmando. Incluso que hayas muerto por el disparo de un francotirador, mientras intentabas mostrar al mundo lo que veías. Eres Casta y no mereces gobernar. No yo, que me horrorizo ante el televisor o al ver las fotografías que tus compañeros han colgado por internet.
¿Has gobernado?
¡Eres Casta!
Da lo mismo que por tu esfuerzo las escuelas de tu ciudad hayan sido mejores que el resto, que los niños de tu barrio disfruten de jardines bien surtidos y cuidados.
¡Recordad!
Los piratas no somos Casta, entre nosotros hay nacionalistas y antinacionalistas; pero siempre, absolutamente siempre, defensores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los piratas preguntaremos siempre y haremos que la ciudadanía pueda decidir, pero no lo que unos pocos quieren sino todo, absolutamente todo, aunque nos cueste ser presos políticos.
¡Recordad!
Los piratas no somos Casta, entre nosotros hay liberales, gente de izquierdas y hasta algunos de derechas, pero nuestro programa ha sido confeccionado por todos, asumido por todos, votado por todos, y es el más progresista y de «izquierdas» de este país, y solo porque cumple al pie de la letra la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
¡Recordad!
Los Piratas no somos Casta y jamás gobernaremos con ella, ni con la pasada ni con la futura. Recordadlo bien, porque a nosotros nos importa un pepino gobernar, no es nuestro fin ni lo será nunca. No nos importa ser minoría en un país donde la mayoría no sigue la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Si hoy no gobernamos, no nos rasgaremos las vestiduras. Es la ciudadanía quien decide, no nosotros. Leed esta Ley antes de citarnos, porque de lo contrario vais a perder el tiempo.
¡Recordad!
Los que están con nosotros no son Casta, al menos esa que nombro, porque de serlo no estaríamos con ellos.


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martes, 30 de diciembre de 2014

ENTRE LA ILUSIÓN Y LA DECEPCIÓN


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Lo reconozco, fui uno de los defensores de la entrada de España en el Euro; y ahora o, mejor, desde hace bastantes años, debo confesar que lo lamento. Entonces carecía de la información y de los estudios necesarios para decidir mi postura, aparte de haberme dejado llevar por la ilusión y por las explicaciones de mis amigos, supuestamente más preparados que yo.
Lo que ahora me pregunto es en lo que pensaban nuestros gobernantes económicos, para, con la información que disponían, aceptar semejante acuerdo.
De lo que sí estuve en contra, es de los acuerdos para la entrada de España en la UE. Recuerdo perfectamente que predije el desastre, la desindustrialización que representaría y el descalabro de nuestra economía agraria, a cambio de unas limosnas que, ahora descubrimos, solo sirvieron para convertir España en un país de servicios baratos. Por entonces yo entendía más de economía productiva que financiera, y me horrorizaba escuchar y leer sobre las bondades de un acuerdo, que ha llevado a España a la cola del mundo desarrollado y camino del tercero.

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Ahora hablamos de consultas ciudadanas, de las que como pirata soy un ferviente defensor. Y por supuesto que las haremos, pero si no preguntamos por cosas que afectan la víscera del ciudadano, tal como a qué sinvergüenza hemos de seguir, qué equipo de fútbol debería ganar la liga o si hay que declarar un nuevo día festivo, pocos van a participar.
Nosotros preguntaremos por las cosas que realmente afectan a las personas en su vida, como la manera de defender la sanidad y la educación públicas, cómo promover la cultura o cómo podemos llevar la electricidad a los hogares sin recursos; pero me temo que la participación no sobrepase el 15% y a veces el 10%, aunque luego esa misma ciudadanía nos salude y felicite por la calle.

Una parte de la ciudadanía confunde los derechos humanos, con su derecho a hacer lo que le viene en gana.

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Es triste ver a una gente sana, con ideas y ganas de generar ilusión, ser arrastrada por la estrategia obsesiva de un partido político, a unas posiciones completamente extrañas y decimonónicas. 
Es triste ver cómo un grupo de gente, que podría mejorar su ciudad, hacerla más participativa y abierta, prefiere seguir la estrategia bastarda de un partido y sus intereses electorales.


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miércoles, 19 de noviembre de 2014

"YA NADA SERÁ COMO ANTES"


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Al irme de la plaza, aún con la alegría de mis amigos músicos como fondo, hice un compendio de todo lo visto y vivido durante esas pocas horas que, día tras día, el trabajo y la familia me habían prestado.
Como era de esperar, no solo había percibido una sensibilidad sino muchas. Algunas ceñidas a dogmatismos, otras preocupadas por sentirse partícipes de un grupo; y muchas de individuales, aisladas de lo que se cocía entre los bastidores de las muchas ideologías concentradas, apiñadas y demasiadas veces sumidas en el desconcierto. Había de todo, pero quien más gobernaba era el dogmatismo, que es quien grita más y lo que suele ocurrir cuando nada importa demasiado, que intentaba por todos los medios apoderarse del movimiento, principalmente el de la izquierda más visceral y leninista, y el nacionalismo excluyente.
Hoy de todo aquello quedan los residuos, que para mantener viva la llama han buscado el apoyo de algunas formaciones políticas, las más afines a un proyecto asambleario, o han creado algunas de nuevas, o asociaciones cívicas encerradas en sí mismas. Unos cuantos han creado su nido formando grupos izquierdistas muy viscerales y leninistas, que promueven una solución radical que comporta la eliminación de los partidos políticos; otros han buscado el amparo de partidos asamblearios, de viejo cuño o recién formados; y un grupo más transigente, que aspira a otra manera de gobierno en la que no caben los partidos políticos, pero reconoce que necesita un período de transición para poder absorberlos o transformarlos.
Los partidos políticos no han muerto, sin embargo, con la implantación de las nuevas herramientas de comunicación y de participación, tienen los años contados. La democracia, sea directa o líquida, suplirá los partidos tal como ahora los conocemos, pero se necesita tiempo, aún más en un país como el nuestro. Hasta que llegue este momento los partidos deben servir para enriquecer ideológicamente y para organizar todas las individualidades con el cuidado de no absorberlas.
El futuro es incierto, las sensibilidades se rozan y a veces se entremezclan y confunden. No existe la suficiente cohesión y, por contra, reina el desorden y la desconfianza.
En caso que las nuevas formaciones o coaliciones triunfaran electoralmente, fracasarían en su gobierno, cosa que ya se respira antes de haberse formado, y se perdería más de una generación para recrear las condiciones, treinta o cuarenta años. Para las formaciones tradicionales, esas que no consideran la función pública como herramienta para la ciudadanía sino para satisfacer sus deseos ideológicos, eso es agua bendita, volverían con renovadas fuerzas de autoritarismo, mostrando complacencia por la destrucción del asamblearismo.

Momentos antes de editar este artículo estaba hablando con un amigo y compañero pirata, confesándonos mutuamente que si finalmente confluimos, será por la fuerza y sin la suficiente preparación. Gobernar así solo puede tener un mal final, tanto para la ciudadanía como para los que luchamos por su bienestar, de modo que lo mejor que podría pasar es perder, aunque por poco, y quedarnos en la oposición.

 
Sigo pensando que los gobernantes, que también es extrapolable a la clase política, son el espejo de la ciudadanía. Y nosotros somos parte de esta clase política, tanto si estamos en un partido como fuera de él. Nuestra ciudadanía no está preparada para autogobernarse, primero debe ser adiestrada para ello y convencida que puede hacerlo, que es capaz de empoderarse. Nosotros no somos ajenos a sus carencias y, a la vez, somos incapaces de aceptar el consejo de quien ya ha gobernado.

No hay peor idiota que aquel que se cierra en sus ideas, que se cree poseedor de la verdad absoluta.
A mis compañeros de viaje les diría que todas las barreras son franqueables, excepto las que uno mismo pone en su camino.

En todo caso, gobierne quien gobierne ya nada será como antes, nunca más podrá hacerse como hasta ahora. Y eso solo tiene un significado: pase lo que pase el 15M ha cambiado las reglas del juego.

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