sábado, 15 de abril de 2017

PRESENTE Y FUTURO


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Foto ganadora del concurso convocado el 2015 por UPyD, con motivo del Día contra la Corrupción


La desesperanza por ver imposible un auténtico cambio democrático, junto a la incapacidad de resolver una profunda recesión económica, a través de sistemas clásicos ya probados. Eso es lo que nuestros jóvenes están viviendo actualmente, jóvenes que ya no lo son tanto, de veinte hasta casi cuarenta años, y a esto hemos de añadir gran cantidad de personas de más de cuarenta, sin futuro o con trabajos muy inferiores a los que tenían.
Los jóvenes españoles más preparados solo pueden aspirar a emigrar o aceptar trabajos de poca profesionalidad, que no les permite la independencia económica. Es decir, que personas con un elevado nivel de estudios, muchas veces con varios idiomas, no pueden subsistir con lo que ganan.
Actualmente solo los políticos y los enchufados, impuestos a dedo en su mayoría por el líder mediático de turno, además de los funcionarios, tienen la seguridad de obtener un salario digno. Incluso en el caso de seguir códigos éticos bien establecidos, un político sin apenas preparación universitaria gana más que un joven licenciado con cuatro idiomas y un máster.

Las nuevas formaciones políticas no terminan de convencer, generan desconfianza o son ignoradas por una ciudadanía abúlica y sin apenas cultura democrática, que prefiere la ley y el orden establecido gestionados por grupos mafiosos. Y cuando esas formaciones consiguen abrirse paso, muestran los mismos vicios y gobiernan como las anteriores, por carecer sus dirigentes del suficiente bagaje político y moral, en cualquier caso inferior al de aquellos que pretenden gobernar.

Los partidos autodenominados institucionales se han apropiado de los mecanismos de control electoral, hasta el punto que incluso sus mismos votantes dudan de su legitimidad.
Los sindicatos apenas tienen afiliados, y parte de ellos lo son por sentirse obligados. Sus líderes han terminado al servicio de las juntas de accionistas de las empresas o del mismo gobierno, que son quienes les pagan los salarios y las minutas de gastos; y como ahora puede verse, en algunos casos los coches de lujo y hasta las prostitutas.
Los medios informativos silencian las noticias comprometidas, mienten o tergiversan cuando esas afectan la política o sirven para descubrir la deshonestidad de sus patronos. A veces piden permiso al ministro de turno o al secretario general del partido afectado, antes de publicar un artículo. Los medios independientes son ignorados o boicoteados, incluso por las nuevas formaciones mal llamadas populares, y si persisten son perseguidos judicial o policialmente.
La justicia utiliza sin disimulo dos varas de medir, a veces con tanta desvergüenza como sorna. Una para los grupos mafiosos y criminales que participan del gobierno, y otra para la ciudadanía de base, populacho para ellos, principalmente la que no puede pagar las enormes minutas que cuesta un juicio.
La sanidad pública se desmantela a demanda de los grandes empresarios del ramo, amigos del ministro o del conseller de turno, que reciben contratos con sobrecoste, con tanta impunidad que ni siquiera los esconden.
La educación pública más de lo mismo, con el agravante que el dinero que se le niega a la pública, sirve para financiar escuelas de una secta religiosa que discrimina por sexo.
La libertad de expresión también se rige con dos varas de medir, la que se utiliza para el ciudadano con inquietud social, que es perseguido, multado y preso por sus opiniones y críticas; y la que sirve para los que amenazan al primero, que se mofan de su lucha y se jactan de los asesinatos cometidos por genocidas, que son pasados por alto y hasta jaleados públicamente por los mismos políticos.

¿Qué podemos hacer los piratas en un escenario como el descrito?
Perseverar en nuestros principios y defender nuestra peculiar manera de entender el mundo; y, por supuesto, pretender mejor gobierno del que merece nuestra ciudadanía, recordando que tampoco somos inmunes al totalitarismo, al amiguismo y a la pequeña corrupción, porque somos parte de la misma sociedad.
Lo peor que podríamos hacer, es caer en la tentación de convencer que somos mejores de lo que pretendemos ser.

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