sábado, 30 de abril de 2011

EN EL CAFÉ - 7

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                                                     CAPÍTULO VII




Ambrosio. – Y bien, ¿puede explicarme lo que para usted es comunismo?


Jorge. – Con mucho gusto.
El comunismo es un modo de organización social en que los hombres, en lugar de luchar entre sí por acaparar las riquezas naturales y explotarse y oprimirse recíprocamente, como en la actualidad, se asociarán y se pondrán de acuerdo para cooperar y conseguir el máximo bienestar posible de cada uno, partiendo del principio de que la tierra, las minas y todas las riquezas naturales pertenecen a todos, y también los productos acumulados y lo adquirido por las generaciones pasadas. Los hombres, en el comunismo se entenderán para trabajar cooperativamente y producir lo necesario para la comunidad.


Ambrosio. – Lo entiendo. Usted quiere, como decía un periodicucho que leí durante un proceso de anarquistas, que cada uno produzca según sus fuerzas y consuma según sus necesidades; o bien que cada uno dé lo que puede y tome lo que necesite ¿Es así?


Jorge. – Efectivamente, esas son máximas que solemos repetir a menudo; pero para que representen correctamente lo que debería ser una sociedad comunista, tal como nosotros la concebimos, habría que saberlas interpretar. No se trata, evidentemente, de un derecho absoluto a satisfacer todas las necesidades propias, pues las necesidades son infinitas y crecen más rápidamente que los medios para satisfacerlas; por consiguiente su satisfacción está limitada por las posibilidades de la producción; no sería útil ni justo que la colectividad, para satisfacer un exceso de necesidad o, mejor dicho, los caprichos de algún individuo, se sometiese a un trabajo desproporcionado por la utilidad producida. Y tampoco se trata de emplear en la producción todas las fuerzas individuales, puesto que eso, tomado literalmente, significa que sería preciso trabajar hasta el agotamiento, es decir, que para satisfacer mejor las necesidades del hombre habría que destruir al hombre.
Lo que nosotros queremos es que todos estén lo mejor posible; es que todos alcancen el máximo de satisfacción con el mínimo de esfuerzo. No podría darle una fórmula teórica que represente exactamente tal estado de cosas; pero cuando nos hayamos quitado de en medio a los patrones y a los gendarmes, y los hombres se consideren hermanos y piensen en ayudarse y no en explotarse unos a otros, no será muy difícil encontrar la fórmula.
De cualquier modo, se obrará como se sepa y se pueda, modificando y mejorando a medida que se aprenda a hacerlo mejor.


Ambrosio. – Entiendo. Usted es partidario de la prise au tas, como dicen sus camaradas franceses: cada cual produce lo que mejor le parece y lo echa al montón o, si usted quiere, deposita en los almacenes comunales lo que ha producido; y cada cual toma del montón todo lo que necesita y le place. ¿Es así?


Jorge. – Advierto que usted ha decidido a informarse un poco sobre la cuestión y supongo que ha leído los documentos de los procesos más atentamente de lo que lo hace cuando se trata de enviarnos a la cárcel. ¡Si los magistrados y los policías hicieran como usted, lo que se nos roba en los allanamientos a nuestros domicilios serviría al menos de algo!
Pero volvamos al tema. Esa fórmula de la toma del montón no es más que un modo de hablar, que expresa la tendencia a querer sustituir el espíritu mercantil de hoy por el espíritu de fraternidad y de solidaridad; pero no indica ciertamente un modo concreto de organización social. Quizá encuentre alguien entre nosotros que toma esa fórmula al pie de la letra, porque supone que el trabajo hecho espontáneamente será siempre superabundante y los productos se acumularían en tal cantidad y variedad que harían inútil toda regulación en el trabajo y en el consumo. Pero yo no pienso así sino que, como le he dicho, el hombre tiene siempre más necesidades que medios para satisfacerlas y me alegro de ello, porque ese hecho es la causa del progreso; y creo que, aunque se pudiese, sería un absurdo derroche de energía producir a ciegas para colmar todas las necesidades posibles, en lugar de calcular las necesidades efectivas y organizarse para satisfacerlas con el menor esfuerzo. Por lo tanto, una vez más, la solución está en el acuerdo entre los hombres y en los pactos tácitos o expresos, que llegarán cuando se haya conquistado la igualdad y estén inspirados por el espíritu de la solidaridad.
Trate de penetrar en el espíritu de nuestro programa y no se preocupe tanto de las fórmulas, que, en el nuestro, como en los demás partidos, no son más que una manera concisa e impresionante, pero casi siempre vaga e inexacta, de expresar una tendencia.


Ambrosio. – ¿Pero no se da cuenta que el comunismo es la negación de la libertad y de la individualidad? Tal vez haya podido existir en los tiempos primitivos, cuando el hombre, poco desarrollado intelectual y moralmente, estaba contento cuando podía satisfacer en la tribu sus apetitos materiales; tal vez es posible en una sociedad religiosa, monástica, que propone la supresión de las pasiones humanas, que se vanagloria de la absorción del individuo en la comunidad conventual y hace de la obediencia el primer deber. Pero en la sociedad moderna, con el florecimiento de la civilización producido por la libre actividad individual, con la necesidad de independencia y de libertad que atormenta y ennoblece al hombre moderno; el comunismo, si no fuese un sueño imposible, sería el regreso a la barbarie. Toda actividad se paralizaría, toda fecunda emulación para afirmar la propia individualidad se extinguiría...


Jorge. – Y así sucesivamente...
¡Basta! No derroche su elocuencia. Esas son frases hechas que conozco desde hace mucho y no son más que otras tantas mentiras, descaradas e inconscientes. ¡La libertad, la individualidad del que muere de hambre! ¡Qué cruel ironía! ¡Qué profunda hipocresía!
Usted defiende una sociedad donde la gran mayoría vive en condiciones animales, una sociedad donde los trabajadores mueren de hambre y de miseria, donde los niños perecen a millones por falta de cuidados, donde las mujeres se prostituyen para tener qué comer; una sociedad donde la ignorancia entenebrece los espíritus, donde el que es instruido debe vender su saber y mentir para comer, donde ninguno está seguro del mañana ¿Y se atreve a hablarme de libertad y de individualidad?
Tal vez la libertad y la posibilidad de desarrollar la propia individualidad existirán para usted, para una pequeña casta de privilegiados... Pero ni eso. Los mismos privilegiados son víctimas de la lucha entre el hombre y el hombre, que corrompe toda la vida social; y saldrían beneficiados viviendo en una sociedad solidaria, libres entre libres, iguales entre iguales.
¿Cómo puede usted sostener que la solidaridad perjudica la libertad y el sentimiento de la individualidad? Si discutiésemos sobre la familia -y de ella hablaremos algún día- no dejaría usted de entonar uno de los himnos habituales a esa santa institución, base, etc. Ahora bien, en la familia -en la que se glorifica, no en la que existe realmente- reinan el amor y la solidaridad. ¿Sostendría usted que los hermanos serian más libres y desarrollarían mejor su individualidad si, en lugar de quererse y de trabajar todos de acuerdo por el bienestar familiar, se pusieran a robarse mutuamente, a odiarse y a pegarse?


Ambrosio. – Pero para regular la sociedad como una familia, para organizar y hacer funcionar una sociedad comunista, se necesita una centralización intensa, un despotismo de hierro, un Estado omnipotente. ¡Figúrese qué potencia opresiva tendría un gobierno que dispusiera de toda la riqueza social y asignase a cada uno el trabajo que debe hacer y la parte que puede consumir!


Jorge. – Ciertamente, si el comunismo tuviera que ser como lo concibe usted y el autoritarismo, sería imposible; o en caso de tal, sterminaría en una colosal y complicadísima tiranía, que tarde o temprano provocaría una gran reacción. Pero nada de todo eso hay en el comunismo que propugnamos. Nosotros queremos el comunismo libre, anarquista, si la palabra no le ofende; es decir, queremos que el comunismo se organice libremente, de abajo a arriba, comenzando por los individuos que se unen en asociaciones, y continuando poco a poco, por federaciones de asociaciones, hasta abarcar toda la humanidad en un pacto general de cooperación y de solidaridad. Y como ese comunismo se habrá constituido libremente, libremente también deberá mantenerse, por la voluntad de los interesados.


Ambrosio. – ¡Pero para que todo eso fuese posible, sería necesario que los hombres fueran ángeles, que fuesen todos altruistas! Y, al contrario, el hombre es por naturaleza egoísta, malo, hipócrita, haragán.


Jorge. – Cierto. Para que sea posible el comunismo se necesita que los hombres, en parte por impulso de sociabilidad y en parte por una justa comprensión de sus intereses, no se odien entre sí y quieran ir de acuerdo y ayudarse mutuamente. Pero esto, lejos de ser una imposibilidad, hoy ya es un hecho normal y general. La presente organización social es causa permanente de antagonismos y conflictos entre las clases y los individuos; y si la sociedad puede mantenerse y no degenera literalmente en una horda de lobos que se devoran entre sí, es precisamente por el profundo instinto social humano que provoca los mil actos de solidaridad, de simpatía, de abnegación y de sacrificio que se realizan en todo momento, sin pensar siquiera en ellos; y que hacen posible que la sociedad perdure, no obstante el egoísmo que lleva en su seno.
El hombre es al mismo tiempo egoísta y altruista y lo es en su misma naturaleza biológica y pre-social. Si no hubiese sido egoísta, es decir, si no hubiese tenido el instinto de la propia conservación, no habría podido existir como individuo; y si no hubiese sido altruista, es decir, si no hubiese tenido el instinto de sacrificarse por los demás, cuya primera manifestación se encuentra en el amor a la prole, no habría podido existir como especie, ni, aún más, llegar hasta aquí.
La coexistencia del sentimiento egoísta y del sentimiento altruista, y la imposibilidad en la sociedad actual de satisfacerlos a ambos, hace que hoy ninguno esté contento, ni siquiera los que ocupan una posición privilegiada. Al contrario, el comunismo es la forma social donde el egoísmo y el altruismo se confunden o tienden a confundirse; y todos los hombres lo aceptarán, porque originará su bienestar y el de los demás.


Ambrosio. – Será como usted dice; ¿pero cree que todos querrán y sabrán adaptarse a las obligaciones que impone una sociedad comunista? ¿Si, por ejemplo, la gente no quisiera trabajar?
Pero usted, para adaptarlo a su imaginario, me dirá que el trabajo es una necesidad orgánica, un placer, y que todos rivalizarán para tener la mayor parte posible de él.


Jorge. – Yo no digo eso precisamente, aunque esa sea la opinión de muchos de mis compañeros. A mi modo de ver, lo que es una necesidad orgánica y un placer es el movimiento, la actividad tanto muscular como nerviosa; pero el trabajo es actividad disciplinada en vista de un fin objetivo y exterior del organismo. Y yo se muy bien que uno puede preferir los ejercicios ecuestres cuando, al contrario, sería necesario plantar coles. Pero creo que el hombre sabe adaptarse y se adapta muy bien a las condiciones necesarias para llegar al fin que persigue.
Dado que los productos que se obtienen del trabajo son necesarios para vivir, y nadie tendría los medios para obligar a los demás a trabajar para él, todos reconocerían la necesidad de trabajar y preferirían la organización donde el trabajo fuese menos penoso y más productivo; como es, según mi opinión, la organización comunista.
Considere, además, que en el comunismo son los mismos trabajadores los que organizan y dirigen el trabajo, y, por consiguiente, tienen el mayor interés en hacerlo agradable y fácil; considere que en el comunismo se formaría naturalmente una opinión pública que condenaría la
ociosidad como perjudicial a todos, y comprenderá que aunque hubiera ociosos, no serían más
que una minoría insignificante que se podría compadecer y soportar sin daño sensible.


Ambrosio. – Pero supongamos que, a pesar de sus previsiones optimistas, los ociosos fuesen muchos, ¿qué harían? ¿Los mantendrían igual? Entonces sería lo mismo mantener a los que llama burgueses.


Jorge. – En verdad existiría una diferencia y grande; pues los burgueses no sólo nos quitan una parte de lo que producimos, sino que nos impiden producir lo que queremos. De ningún modo digo que habría que mantener a los ociosos, cuando fuesen tan numerosos como para originar perjuicios; tanto más cuanto que el ocio y el hábito de vivir a su capricho, también les daría la idea de mandar. El comunismo es un pacto libre; el que no lo acepta, o no lo mantiene, queda fuera.


Ambrosio. – ¿Pero entonces habría una nueva clase de desheredados?

Jorge. – De ningún modo. Todos tienen derecho a la tierra, a los instrumentos de trabajo y a todas las ventajas de que puede gozar el hombre en el estado de civilización a que ha llegado la humanidad. Si uno quiere aceptar la vida comunista y las obligaciones que implica, es cuestión suya. Se acomodará como crea con aquellos con quienes esté de acuerdo, y si se encuentra peor que los demás, eso le demostrará la superioridad del comunismo y le impulsará a unirse con los comunistas.


Ambrosio. – ¿Pero entonces uno sería libre de aceptar o no el comunismo?


Jorge. – Ciertamente; y tendría los mismos derechos que tendrían los comunistas sobre las riquezas naturales y sobre los productos acumulados por las generación pasadas. ¡Qué diablo! ¿No le hablé siempre de libres acuerdos, de comunismo libre? ¿Cómo podría existir libertad si no hubiese alternativa posible?


Ambrosio. – ¿Por tanto usted no quiere imponer sus ideas con la fuerza?


Jorge. – ¿Está usted loco? ¿Nos toma por carabineros o por magistrados?


Ambrosio. – Entonces bien, nada hay de malo. Cada cual es libre de soñar lo que quiera.


Jorge. – Cuidado, sin embargo, con equivocarse; una cosa es imponer las ideas y otra es defenderse de los ladrones y de los violentos, y reconquistar sus propias derechos.


Ambrosio. – ¡Ah, ah! por consiguiente, para reconquistar los derechos emplearán la fuerza, ¿no es así?


Jorge. – Eso no se lo diré. Usted podría preparar por mi respuesta una requisitoria contra nosotros en algún proceso. Lo que le diré es que, ciertamente, cuando el pueblo tenga conciencia de sus derechos y quiera terminar... ustedes correrán el riesgo de ser tratados un poco rudamente. Pero eso dependerá de la resistencia que opongan. Si ceden de buena gana, todo será paz y amor; si en cambio, se obstinan, y yo estoy convencido de que se obstinarán, tanto peor para ustedes. Buenas noches.

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