jueves, 27 de febrero de 2014

PURA ECONOMÍA






Para desarrollar una política económica igualitaria, en que la inmensa mayoría disponga de los recursos mínimos para vivir dignamente, primero deberíamos determinar en qué consisten esos recursos: televisión, internet, ordenador, teléfono, un utilitario, un hogar en condiciones, alimento y medios para disfrutar un mínimo de ocio o una vida social sana. Además tendríamos que añadir los servicios públicos necesarios, para desarrollar nuestras capacidades sin ningún contratiempo: educación, sanidad, transporte, pensiones, electricidad, gas y agua; incluso el coste de nuestro futuro sepelio.
La economía de un país es muy parecida a la de una empresa, primero hay que plantear un presupuesto y estudiar cómo y hasta qué punto se le puede hacer frente; y nuestra sociedad, para cubrir sus necesidades se nutre exclusivamente de los impuestos y del crecimiento.
Cada día queremos vivir mejor, que nuestro coche sea más confortable y seguro que el anterior, un ordenador más complejo y potente, aumentar nuestra esperanza de vida y la calidad de nuestra enseñanza. Para conseguirlo necesitamos crecer y endeudarnos o crear inflación, que es buena en tanto promueve el crecimiento. Pero lo más importante es sin duda el sistema impositivo.
Los impuestos provienen del beneficio adquirido por el trabajo y el comercio de la sociedad, y para que el sistema funcione deben ser justos e igualitarios en proporción a esos beneficios. Cada grupo o clase social debe participar en su justa proporción, de manera que nadie se sienta estafado. Es tan importante que el proletario pague por los réditos de su trabajo, como el empresario por el beneficio obtenido. Es indispensable que ninguno de los dos se crea perjudicado, ya que automáticamente perdería interés por crear más riqueza. Además, si hacemos que un grupo social pague más que otro, estamos menguando su poder económico en proporción al resto, de modo que terminará empobreciéndose hasta no poder pagar. Eso es lo que ahora mismo está sucediendo en nuestro país, por cierto en una intensidad y rapidez desconocidas hasta el momento, en relación a la historia económica moderna.
No pretendemos caer en la trampa de hablar en exceso de porcentajes y coeficientes, tampoco hace falta. El Estado español recauda poco, relativamente poco. Si analizamos de dónde provienen los ingresos del Estado central descubrimos que el 43% se extrae de las rentas, o sea de los impuestos directos sobre las personas, y que el 85% de lo recaudado es por el trabajo. Es decir, el 36% de los impuestos provienen directamente de los salarios, mientras las empresas aportan el 13% y el IVA el 22%. El resto de los tributos son para el mantenimiento autonómico y local. Los asalariados además no tienen ninguna escapatoria, sus entradas están controladas por el fisco a través de los bancos, mientras las empresas pueden permitirse distraer o defraudar parte de sus beneficios, ya que no existe ningún control especial que lo impida. Por otro lado las empresas disponen de un montón de artificios fiscales, hechos a propósito por cierto, que les permiten desviar fondos o desgravar parte de sus beneficios, tan complicados que solo las más grandes con potentes asesorías pueden permitírselo.
Partiendo de la base de la equidad, en España teóricamente paga el que más gana o tiene; sin embargo, si estudiamos el sistema impositivo español descubriremos que tributa más el trabajo que las rentas. Por ejemplo, el máximo gravamen sobre el beneficio obtenido por el ahorro, inversiones o edificaciones es de 27%, mientras el del trabajo puede llegar al 52%.
Antes del estallido de la burbuja, era más sencillo y barato conseguir un crédito hipotecario que uno para el desarrollo de una empresa. A eso hay que añadirle las ventajas fiscales a las que pueden acogerse los compradores de edificios o contratantes de pensiones. Las estadísticas tributarias muestran que a mayor renta, más grande es la desgravación que se consigue. Se calcula que esa diferencia provoca cerca de 40.000 millones anuales de pérdida al Estado.
También podemos hablar de las SICAV, principalmente dedicadas a la gran inversión inmobiliaria, que solo tributan el 1% de su inversión convirtiéndose en un insulto y una burla al resto de los contribuyentes. Creer que esas grandes fortunas, curiosamente en manos de los más patrioteros, huirían del país es una falacia. Existen maneras de evitarlo, algunas, ciertamente, bastante agresivas económicamente para el presunto patriota. Dichas fortunas tienen además la tendencia de invertir sus beneficios en otros lugares, como latifundios en Argentina o Brasil, o directamente en forma de capital en Luxemburgo o las islas del canal.
Si además comparamos las deducciones y el gravamen de las grandes empresas con las PYMES, nos encontramos que las primeras, gracias a su ingeniería de inversión y los tipos de gravamen, no pagan más del 13% de sus beneficios, mientras las segundas el 30%. Dicho esto podemos asegurar que, a grandes rasgos, el 20% de la población acapara el 80% del capital y paga el 15% de lo que se recauda.
Pero, como antes decía, eso todo el mundo lo sabe, al menos el que se interesa y prefiere indagar antes que preguntar. Y no hace falta ser muy listo para entenderlo, el mismo Estado nos lo recuerda constantemente cuando publica sus cifras.
Por supuesto, eso es el resultado de un pacto entre caballeros y discutido, en gran parte en el parlamento, por los delegados que han elegido para representarlos.
Personalmente lo que más me sorprende y hasta divierte, es ver cómo unas personas capaces de revisar la cuenta del restaurante, en una salida dominical con la familia, y discutir con el camarero el precio de una botella de vino o de un servicio que no utiliza, aceptan, a través de ese pacto entre caballeros, que le birlen unos cuantos miles de euros al año, y que lo celebren cada cuatro años, cuando sus birladores les muestran un pedazo de tela tintado en la China, símbolo de un imperio crepuscular y conseguido a costa de sangre, ruina, guerras y desgracias.
Algo debe pasar, me pregunto, para que una mayoría no solo lo consienta sino que se regocije por ello. Lo natural es que el 4 o el 5% de la población haya elegido este camino, básicamente por salir directamente beneficiada: grandes empresarios, terratenientes y sus familias. Luego podemos añadir otro 10% por simpatía o clientelismo, dígase alto funcionariado, enchufismo, policía política. Tirando alto podríamos llegar al 16 o 17%, pero nunca al 35 o 40%, que es lo que sucede, más otro 30 0 35% que no le importa.
¿A qué puede deberse semejante aberración?
¿A la estupidez, quizá?
Es evidente que la incultura tiene algo que ver, pero no siempre. Eso podemos apreciarlo a medida que geográficamente nos alejamos del analfabetismo funcional, pero no nos llevemos a engaño, todos conocemos multitud de gente culta, que en el momento de elegir confía más en los que le roban, antes que informarse de otros.
Entonces, ¿qué le pasa por la cabeza a esa gente para elegir al peor aun sabiéndolo?
Confieso que no lo sé. Quizá un psicoterapeuta podría explicarlo. Tal vez proceda de un complejo de inferioridad, de falta de autoestima. Los psicólogos tienden a achacar todos los males que aquejan al ser humano a cosas parecidas. La necesidad de un líder quizá tenga mucho que ver en eso.

Nadie puede esperar que un partido de derechas mantenga una política popular o socialmente avanzada. Solo un deficiente podría esperar algo así, y lo cierto es que no hay tantos, de modo que el voto a la actual derecha española solo puede achacarse a que una mayoría del país espera enriquecerse a través de ella. Definitivamente debemos entender que una mayoría del país es muy de derechas, por mucho que se defina indiferente, de izquierdas o de centroizquierda. Y que aspira a llegar al bienestar a través de pocos impuestos, de la explotación de su clase social, del paulatino desmantelamiento de la economía social y de la privatización de los servicios públicos.

En una crisis como la actual, en que el país debe rebajar sus expectativas, lo queramos o no se crea una confrontación de clases. Todas pretenden llevarse la parte del poco pastel que queda, visceralmente en nuestro particular caso, sin pensar que asfixiar al contrario conlleva la ruina de todos, permanente además.
Para hacer frente una crisis con una mínima esperanza de éxito, solo cabe la cooperación, tras analizar cómo se ha llegado a esa situación y eliminar o corregir sus causantes. En nuestro caso da lo mismo lo que piense la gente, pierde todo el mundo. El que menos con la devaluación de sus activos y de las rentas que producen. El que más con el paro o un trabajo pobremente remunerado. Y no solo es eso sino que tanto uno como otro creen que el culpable es el otro.
La mentalidad de la derecha española está anclada en el siglo XVII, no puede asumir que un trabajador pueda marchar de vacaciones con tanta facilidad, además a Bangkok. No concibe que pueda comprarse un BMW y construirse una casita en la playa. No puede y con razón. El problema es que ha sido él quien, con su ansia de especular, lo ha provocado. Como igual de ilógico es que una clase alta haya atesorado tanta fortuna.
Y no tiene sentido que un tendero pueda mandar a sus dos hijos a una Universidad americana, les compre un coche a cada uno, se construya una mansión en la montaña y pueda permitirse un viaje de lujo cada año. Con su productividad no es lógico y solo tiene una posible explicación: no participa de los gastos de la comunidad, del asfalto de su calle, del alumbrado, del transporte público, de la sanidad, ni siquiera de la educación. Ahora, este mismo tendero no puede hacer frente a los gastos, sus proveedores no cobran a tiempo, necesita crédito y ya no puede pagar al contado, de modo que ya no lo hace sin IVA. Los gastos se lo comen y su margen ha caído, cerca de su comercio una cadena ha montado una gran tienda y, perplejo, ve como la clientela ha dejado de entrar en la suya, aunque su producto siga siendo competitivo y de mejor calidad. La gente, dice, no es solidaria, se mueve por modas, es visceral. No recuerda aquel tiempo en que apenas pagaba impuestos, mientras se quejaba de esos funcionarios que no trabajan, prepotentes y déspotas.
Muchos me preguntan qué hay que hacer para salir de la crisis.
¿Qué crisis? Pregunto
¿Qué es crisis para ti?
¿No poder vivir como antes? ¿No encontrar trabajo? ¿Ganar menos de lo necesario trabajando ocho horas al día?
Dependiendo lo que respondas podré darte una respuesta, porque, es cierto, la hay; el problema es que quizá no sea de tu agrado.

El gran capital, el más grande, puede migrar a sitios donde renta más, países en crecimiento y con capacidad para especular. El mediano, al que todos creemos muy grande, apenas puede moverse de su territorio. Quizá adquiera tierra puntualmente en algún país a su medida, una casa o una delegación de su negocio. El pequeño no puede, es la clase media y, por muy libre que se sienta, vive preso en su territorio defendiendo como puede su renta. Y es que en realidad ya no puede considerarse clase media sino baja. Lucha por mantener su estatus, pero no contra el capital mediano o el más elevado sino contra la que considera clase baja, simplemente porque es parte de ella. Compite por su salario y discute los impuestos, pretende quedarse una parte y cuando no puede se queja amargamente de los inmigrantes, esos que instalan negocios, según él a costa de sus impuestos. Lo hace porque ha descubierto que sus ganancias son iguales o inferiores a las de un simple asalariado, cuando es el que más arriesga.
Un tendero apenas puede aspirar a un salario digno, solo con una cadena de tiendas podría y con millones invertidos; sin embargo, cree que si supiera invertir en bolsa ganaría mucho más. Pero ese es un negocio acotado a esos que el vota, que con sus corruptelas lo arruinan y manipulan.
La clase media, sin embargo, sabe que su enemigo no es el que combate sino el de más arriba. Lo único que le frena es el miedo, no se atreve a enfrentarlo porque lo sabe poderoso. Y tampoco cuenta que esa clase de mediano capital ha perdido gran parte de sus ganancias. Para mantenerlas debe corromper y arriesgar más que antes. Su hacienda ha perdido valor, sus empresas ya no ganan tanto y su cartera bursátil ha caído a la mitad. Ha tenido que bajar el precio de sus productos, mientras las materias primas que emplea han subido. Los mercados emergentes crecen y necesitan más, pero no su producto terminado, más caro y de calidad parecida. Y, perplejo, lee en esos periódicos que se autodenominan progresistas, que los de su clase cada día ganan más dinero. Y se pregunta cómo es posible si no conoce nadie tan afortunado. No se ha parado a pensar que ya no es clase muy alta sino que ha bajado un peldaño. Ahora se ha convertido en media, aunque siga con las ínfulas de la alta. No le queda tiempo de jugar a tenis por las tardes ni al golf. La ansiedad que le provoca la lucha diaria, con abogados, gestores, sindicatos y bancos, no le deja respirar.
¿Qué solución cabe?

Entre los que defienden el liberalismo existe una tendencia qua aboga por la desaparición del Estado, al menos en su vertiente económica y social. Eso, como la historia se ha cansado de demostrar, es imposible, la misma naturaleza humana lo impide porque es hormiguero, o sea Estado.
La sociedad debe entender que hay una cantidad de obligaciones o servicios que no puede obviar por su misma naturaleza y, por tal, tampoco puede entregar a la propiedad privada.
El hecho de vivir en un hormiguero hace que algunos servicios sean de obligado cumplimiento. A nadie le gusta ver morir a su vecino por falta de ayuda, que no pueda encontrar trabajo por no disponer de transporte público, quedarse sin electricidad, gas, teléfono…
Ninguno de esos servicios vitales puede estar en manos de un solo grupo de individuos. El sentido común dice que lo de interés de todos no puede ser ni depender de unos pocos, sino que ha de ser de todos y gestionado por todos. Lo innecesario, que solo afecta al confort y al lujo, o al interés general pero sin extrema necesidad, debe dejarse en manos de los individuos que lo idean y producen.
Un tren necesita creatividad y habilidad, la competitividad para crearlo y producirlo es vital para su mejor desarrollo o, incluso para la adaptación a un territorio determinado; sin embargo, el servicio que ofrece es absolutamente público y se ha convertido en una necesidad, por tanto los caminos por donde va y la gestión de su servicio son de la sociedad. Un avión es el producto de la creatividad y de la industria, pero el aire es de todos y los lugares en los que debe aterrizar. Un aparato de resonancia magnética es el producto de una idea y de una empresa, sin embargo, su utilidad es social y debe ser de la sociedad.


La pregunta que ahora mismo algunos nos hacemos es, ¿cuáles son los servicios mínimos que el Estado debe asegurar? y ¿cómo y a quién debe garantizarlos?
Aclarado que los imposibilitados por el infortunio tendrán su vida cubierta, ¿qué hacemos con los que no desean aportar nada a la sociedad? ¿Con el que no llega a la preparación mínima necesaria? ¿Hasta qué punto debe el Estado garantizar un trabajo a quien lo busca para sobrevivir?
Todo eso es lo que nos debemos preguntar y responder y, en caso que decidamos cubrir las necesidades de todo el mundo, cómo hacerlo a costa del trabajo del inteligente y del productivo, sin que esos se sientan estafados y sigan dando lo mejor de sí mismos.



domingo, 1 de diciembre de 2013

LA ESPAÑA MÍSERA

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Sabemos que es completamente imposible que los actuales dirigentes políticos abandonen el poder mediante las urnas, porque unos criminales nunca lo harán por las buenas. Y ese es el problema que actualmente atenaza la sociedad española. Sus dirigentes, antes de traspasar el poder democráticamente, matarán si es necesario. Hasta ahora han conseguido trampear la situación, primero con engaños y con un sistema electoral tramposo; después, cuando eso ya no ha surtido efecto, con coacciones, castigos pecuniarios a los disidentes y violencia policial controlada.
Ahora, lo que debemos preguntarnos los que hemos seguido su historia, es qué utilizarán cuando ni eso consiga frenar el descontento. Las porras se convertirán en armas eléctricas o de gas, las balas de goma en botes de gases lacrimógenos y las cargas policiales en embestidas de sus camiones. Habrá asfixia, quemaduras y cárceles repletas de gente, con castigos parecidos al de un asesinato solo por manifestarse. Y cuando ni eso sea suficiente, se crearán tribunales especiales y estados de excepción, con la excusa de mantener el orden social y salvaguardar a la sociedad trabajadora y sana; y habrá asesinatos por encargo a manos de paramilitares o de criminales contratados. Y los partidos pequeños, esos que podrían molestar al sistema en caso de desequilibrar el voto, serán ilegalizados después de haber introducido pruebas falsas en sus sistemas o generado violencia gracias a sus infiltrados.
Las clases dirigentes de los partidos políticos españoles han blindado su jerarquía y la han convertido en una nueva aristocracia familiar y de clase, y para conseguirlo han convertido a los partidos en sociedades con una base organizativa muy parecida a la mafia, en la que se reparten la dirección de las grandes empresas, del sistema financiero y el territorio en forma de grandes parcelas, por los méritos realizados en favor a la familia.

Una sociedad con más de un millón de viviendas vacías, decenas de miles de ellas gracias al desahucio; con docenas de miles de hectáreas abandonadas, de cuyos árboles caen los frutos por no ser rentable cosecharlos; con miles de empresas cerradas, cuya maquinaria se oxida y va quedando obsoleta. Y con millones de personas sin trabajo y viviendo por debajo del umbral de la pobreza, con miles de familias viviendo en portales o en casas de acogida, con dos millones de niños infraalimentados.
España se ha convertido en el ejemplo más flagrante de la desidia, de la estupidez y del malgobierno. Me pregunto qué más necesita el votante de la actual partitocracia de la vergüenza para abrir los ojos. Quizá eso, quizá la vergüenza, porque los cojones solo los tiene para ovacionar la tortura de los toros.


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miércoles, 9 de octubre de 2013

DE ESPAÑOLITOS Y CATALANITOS



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Dicen que el Economista Observador es el que más ha acertado en sus pronósticos esos últimos años. Si no fuera porque sé de su valía y de su honestidad, lo primero que me vendría a la cabeza son dos palabras: intoxicación y negacionismo.
El buen José Carlos Díez, hasta hace poco, seguro que menos de un año, ha sido un optimista empedernido que veía recuperación donde solo había descalabro.
Lamentablemente la economía española está completamente perdida, ya no tiene salvación. Somos muchos los que en su momento predijimos como terminaría, incluso ofrecimos soluciones, aun sabiendo que nadie las pondría en práctica. España está hundida y es bueno saberlo y decirlo, porque al menos no habrá desengaño. Ahora ya nadie puede salvarla, ni siquiera el mejor gobierno que pudiera encontrarse; y nadie puede echarle la culpa a la situación internacional y aún menos al gobierno alemán. La responsabilidad de que España se haya convertido en el hazmerreir del mundo y en la vergüenza de Europa solo tiene un nombre: el españolito.

Para que un país funcione se necesita una ciudadanía culta, participativa y valiente. En caso de ser así, el país estaría bien gobernado, ya que en una democracia el gobernante es el espejo del gobernado. La clase empresarial sería de calidad y la trabajadora exigente con ella y consigo misma.
Actualmente España está gobernada por los dirigentes más estúpidos y menos preparados, no solo del primer mundo sino del segundo y parte del tercero. La clase empresarial española es la menos preparada de Europa e incluso del segundo mundo, es la que tiene menos nivel de estudios y comprensión de idiomas; sin embargo, la clase trabajadora española demuestra ser capaz de producir más y mejor en cualquier otro país europeo. Se da el caso que los trabajadores de muchas empresas españolas, tienen más nivel de estudios que sus empresarios y gerentes.

Mi predicción es que estamos abocados a una tercera recesión, esta vez más larga que las anteriores, que nos llevará a un puesto bajo entre los países del segundo mundo.
La situación en Catalunya podría ser sensiblemente diferente, en caso que su ciudadanía consiguiera desembarazarse de su clase política, sea por las buenas o por las malas; eso sí, separada por completo del resto de la nación. Catalunya no tiene ningún futuro económico dentro de España.

No hay semana que no aflore una nueva corruptela en Catalunya,
según la UE la región más corrupta de la península. Un pequeño ejemplo lo tienen ahí: la Corporació sanitària Parc Taulí de Sabadell, pretende comprar 180 pantallas táctiles para colocar en las habitaciones de los pacientes por 240.000 €.
No hace falta ser muy listo para darse cuenta, con solo dividir y tener un mínimo conocimiento de precios en el
mercado es suficiente. En unos meses, tal como nos tiene acostumbrados la administración, se publicará el contrato, con el suficiente atraso, a la empresa que se lleva la mayoría.
La Corporació sanitària Parc Taulí de Sabadell está gestionado por una fundación dependiente de la Generalitat, que no ha parado de recortar gastos, prestaciones y salarios, aparte de privatizar hospitales enteros.
El catalanito nunca se hartará que le tomen el pelo, que lo estafen y le roben en su propio morro. Su gobierno ha descubierto que incluso puede ser trasparente en eso, publica la estafa y luego se ríe. El catalanito es tan ridículo que incluso baja la cabeza cuando el conseller, con toda la desfachatez, confiesa que su delito ha prescrito. El gobernante catalán sabe que en su momento solo tiene que salir al balcón enarbolando su bandera, la misma de la prole que le sigue enfebrecida; que en caso de apuro ha de dejarse ver en el palco del Barça, aplaudiendo a sus jugadores millonarios y abrazando al que Hacienda pilló estafando. Con eso es suficiente para que el catalanito le perdone que sea integrante de una banda mafiosa. Solo por enarbolar la bandera puede arruinar a cientos de miles de familias, degradar la educación de sus hijos, de que paguen el agua a un precio desorbitado, de vender los hospitales a sus amigos, después de hacerles pagar la gasolina más que a cualquiera con la excusa de financiarlos. Al catalanito todo eso le da lo mismo, mientras su político sea del barça, enarbole la bandera de vez en cuando y proclame lo mal que se le trata.

Pero el catalanito ni mucho menos es excepción. En el resto del país pasa lo mismo o quizá peor. Allí les da lo mismo que roben, que estafen o incluso que asesinen iraquíes. Al castellanito lo que realmente le importa es el catecismo, los toros y que su político ladre e insulte a todo lo que huela a Catalunya. Los sondeos lo confirman.

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jueves, 13 de junio de 2013

¿SE PUEDE SER MÁS ESTÚPIDO?

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Los sistemas evolucionan con sus actores. Cuando esos no pueden, por anquilosamiento, cobardía o estupidez, la cosa siempre termina con revoluciones. La historia está plagada de situaciones parecidas.
En el caso que estuviéramos solos en el mundo, puedes contar que el humano se convertiría en conservador (el que teme la novedad), ya que no tendría en quién compararse ni nadie que le disputara la manduca.
Ahora las cosas son distintas, las sociedades en desarrollo empujan, disputan, son numerosas y tienen el dinero que tan ricamente fabricamos sin producir nada que lo respaldase. El problema es que ha llegado de golpe, aunque avisados estábamos, y ha pillado desprevenida a la concurrencia, todavía pensando en los pobrecitos argentinos, que pasan hambre y están gobernados por una populista. -Las últimas noticias de esta populista es que ha creado un ministerio de ciencia, tecnología e innovación productiva, que invierte mogollón de pasta y que los científicos españoles emigran hacia allí. ¿A que mola?-
En fin, que nosotros todavía nos creemos los reyes del mambo, cuando no somos nada ni nadie, porque en un plis plas, la mitad de la vida de un perro, pasamos de ricos habitantes del mundo desarrollado a mediocres tercermundistas con aeropuertos sin aviones, líneas férreas sin trenes y puertos deportivos sin veleros; con un 27% de niños viviendo en la pobreza y cerca de un 30% (si los contamos todos) de parados, con una población que apenas gasta y, aún así, es más de lo que produce.

Cuando empezó todo esto, no sé si aquí, avisé a un alma cándida que hasta las catedrales económicas caerían. Lo ha hecho Caja Madrid, Caixa de Catalunya y pronto lo hará el Corte Inglés.
El Estado rescata a las empresas de autopistas y a la banca, con el dinero que tenía para crear pequeñas empresas; cosa estúpida porque sin las pequeñas empresas las autopistas seguirán vacías y la banca se irá al garete. Y esa banca sanea sus cuentas a costa de arramblar con las deudas y los pisos de sus hipotecados, cosa estúpida porque ni cobrará su deuda y esos pisos terminarán abandonados y creando gasto.
¿Se puede ser más estúpido?
No se lo creerán, pero sí, solo hay que seguir votando a los mismos o seguir mirándose el ombligo y divagando sobre el sexo de los ángeles.


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viernes, 17 de mayo de 2013

CULTURA LIBRE, CULTURA PIRATA

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Para los piratas cada día es Sant Jordi, por eso regalamos libros.
Clicad aquí y os podréis descargar un lote de libros gratuitamente, entre ellos el mío.


"CULTURA LIBRE, CULTURA PIRATA"

Un saludo y gracias por leer.


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viernes, 10 de mayo de 2013

LA INEVITABLE REVOLUCIÓN



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Va a ser imposible pedir sacrificios a la gente, mientras la canallada se va de rositas con lo robado. Hemos de tener claro que ninguna ley, de las que se están promulgando de espaldas a la ciudadanía para institucionalizar el robo, va a servir o se podrá mantener. Hemos de tener muy claro que si queremos salir de esta, todos los que han votado a favor de la estafa bancaria, de los desahucios a destajo, de los intereses de usura, de los indultos a los corruptos, de los cambios fraudulentos de la Constitución; que todos los que han evitado votar en contra del latrocinio, como por ejemplo hoy mismo Pere Navarro, deberán ser procesados, perseguidos y encarcelados, embargados hasta el último céntimo, hayan robado para ellos o para otros. Debemos tener muy claro que todos aquellos que han reprimido o perseguido a la gente que protestaba pacíficamente, sean mandos o simples números, no podrán excusarse en que obedecían órdenes. Tenemos que ser muy conscientes que absolutamente todos los antidisturbios deberán ser depurados, procesados y encarcelados como merecen.
De no seguir esas premisas, nadie podrá pedir a la sociedad, el enorme sacrificio que representará sacarla de la ruina a la que ha sido sometida, y al atraso de muchos decenios a que se verá abocada, en calidad de vida, en enseñanza y hasta en esperanza de vida.
Nadie en su sano juicio puede convencer a una sociedad, inmersa en la revolución tecnológica y de comunicación más grande de todos los tiempos, que es necesaria una regresión social, educativa, salarial y sanitaria, sin que los culpables sean ajusticiados.
La revolución es imparable, el que no lo vea así es tonto o miope, y el que conquiste el poder, sea la ciudadanía a través de una revolución asamblearia, o un partido dogmático y fuertemente jerarquizado, debe tener muy claro todo lo anteriormente expuesto, a no ser que quiera ser eliminado por la misma ola que va a encumbrarlo. Creo firmemente que el tiempo de la manipulación a la ciudadanía todavía no ha pasado, pero tendrá que ser más sutil y, para convencerla, esta vez habrá que buscar bastantes cabezas de turco.
En fin, que el que crea que con cargarse la corona, aunque sea a lo ruso, habrá suficiente, va aviado.


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miércoles, 8 de mayo de 2013

REQUIEM A UN ESTADO



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Este artículo lo escribí el día siguiente de las elecciones catalanas. Las cosas en frío se ven de distinta manera, sin embargo, debo reconocer que mi idea sobre este asunto no ha cambiado un ápice, seguramente porque la situación tampoco lo ha hecho.


“Me despierto de madrugada, casi cada noche, entre las 3 y las 4 de la mañana, por un ruido terrible que oigo. Son inmigrantes rebuscando entre la basura para comer. Lo hacen a esas horas para que no les vean los grupos de neonazis. Luego paran y vuelvo a dormirme, pero a las 6 me despierta el mismo ruido: son mis paisanos, los griegos, que aprovechan que las calles están desiertas, porque les da vergüenza buscar alimento en los contenedores.”
(Petros Márkaris)



Analizando lo ocurrido en Catalunya solo puedo sacar unas pocas conclusiones.
· La primera: que debemos admitir que de las últimas elecciones han salido: 21 unionistas, 18 federalistas y 98 absolutamente independentistas.
· La segunda: que, en un claro intento de evitar una democracia directa de la ciudadanía, el resto de las formaciones y casi todos los medios informativos eluden a las CUP, como si no existiera ningún partido salido del 15M, relegando al olvido a 126.219 ciudadanos, con sus tres diputados.
· La tercera: que el resto de España sigue con lo suyo, los toros y la iglesia y sin enterarse de nada; y sin darse cuenta que sin la región más exportadora, más receptora de divisas y con un balance comercial negativo con el resto, se convertirá en lo más parecido a una región africana.
· La cuarta: que, perplejo, acabo de descubrir que el catalanito, haciendo gala de una increíble seguridad, le da lo mismo quedarse fuera de la UE y del Euro. Me pregunto qué habrá pasado para que un país, en el que solo una minoría se consideraba independentista, haya terminado así; qué habrá pasado para que haya llegado a tal nivel de hartazgo.


Y mi vecino saca su bandera al balcón para enfatizar su pertenencia a una tierra, a una creencia o, incluso, a un equipo de fútbol. Una manera de dar a conocer al resto del mundo que es parte de una camada, distinto a los demás por su religión o por haber nacido dentro de las fronteras que impuso un malnacido. Y ese mismo tipo es incapaz de sacar una sábana blanca a su balcón, como solidaridad a los médicos y enfermeras, que hacen huelga y se manifiestan para salvaguardar la salud de todos los que son como él.

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