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| Hospital de campaña de Camp Funston en Kansas, 1918 |
Este artículo es copia del publicado con el mismo título por Pirates Verds, este 17 de abril.
Muchos científicos creen que el estallido de la pandemia está
relacionado con la manera que la especie humana convive con la
naturaleza. Y siempre ha sido así, desde que tenemos constancia y, excepto las
pandemias provocadas por cambios climáticos sucedidos tras grandes
erupciones volcánicas, como las ocurridas en
el antiguo Egipto, el
ser humano ha pretendido adaptar la naturaleza para su propio
beneficio, en cambio de adaptarse a ella, con resultados catastróficos.
Las distintas pestes bubónicas del año 542 (Plaga de Justiniano) y la de 1347 a 1353 son un claro ejemplo, pero también las que asolaron el imperio romano,
la peste Antonina (165-180) y la más demoledora,
la Cipriana de los años 249 al 262, dejando el imperio a merced de las invasiones bárbaras.
Europa ha sido atacada, y por ende también el resto del mundo de la
época, por distintos rebrotes de la misma plaga durante los siglos XVI,
XVII, XVIII, hasta llegar a finales del XIX con una nueva enfermedad,
la Gripe Española provocada por un virus Influenza.
Hasta finales 1892, cuando
Dmitri Ivanovski
describió lo que era un virus, los humanos no conocían su existencia,
aunque sí la manera de contagio de algunas enfermedades víricas; por lo
cual la pandemia de la Gripe Española y el virus que la provocó pudieron
ser estudiados para encontrar un remedio o, en cualquier caso, un
método para evitar el contagio.
Se cree que el brote empezó en las estepas rusas con unos efectos
relativamente benignos, que en 1916 llegó a los EEUU, aumentando su
capacidad mortífera a medida que fue mutando. Este virus permaneció
activo hasta 1920, ya debilitado por las últimas mutaciones y con la
población inmunizada.
Los virus han existido siempre -algunos científicos creen que son una
reliquia de la vida precelular- y tal como el influenza A H1N1 (Gripe
Española) surgió de una
mutación de gripe aviar,
estos últimos años hemos visto y podido controlar otras posibles
pandemias víricas, casi siempre originadas a partir de esa famosa gripe,
ahora existen suficientes evidencias científicas que señalan a unos
animales salvajes como portadores del actual COVID-19. No obstante, la
que más afectó a un grupo de sociedades y de manera más demoledora, fue
la resultante de la conquista de América por parte de los europeos (en
este caso el origen de los conquistadores carece de importancia, puesto
que de haber sido austríacos, franceses, etc., el resultado habría sido
el mismo). En este caso la viruela y la sífilis, transportadas por los
conquistadores, junto un cambio de trabajo radical (el esclavismo),
provocaron la desaparición del
95% de la población amerindia, unos 40 millones de personas según Bartolomé de las Casas.
Todas esas pandemias, el hacinamiento, la interconexión masiva e
intrusiva de los humanos en hábitats salvajes de otros animales, o el
traspaso intraespecies de virus, tienen un denominador común, son
producto de una naturaleza forzada por el ser humano, que, tal como
antes hemos explicado, en cambio de adaptarse a ella ha pretendido que
sea ella la que se adapte a él. Pero si bien podríamos decir que esas
pandemias son un aviso de algo peor por venir, quizá la famosa Gripe
Española lo represente mucho mejor, por haber estallado en un momento en
el que el ser humano tenía la capacidad de análisis suficiente para
saber con exactitud de lo que se trataba.
En 1917 la gripe se había transformado y su mortalidad había
aumentado cien veces por encima de una gripe normal, y había encontrado
el mejor lugar para expandirse, los campamentos militares
norteamericanos, donde se entrenaban las tropas que debían ir a Europa.
La concentración de literas en barracones de madera o tiendas de
campaña, se habían convertido en un foco de contagio inmejorable. El
presidente
Woodrow Wilson
pidió consejo a los especialistas y al jefe de Estado Mayor, y
prevaleció la opinión de este último. Las tropas norteamericanas
expandieron el virus por toda Europa, y a su vuelta contaminaron el
resto del mundo. Actualmente nadie sabe cuántos afectados fallecieron,
pero se barajan cifras brutales, desde los 25 hasta más de 100 millones
de personas.
Por supuesto, no es nuestra intención hacer paralelismos históricos o
biológicos entre pandemias. Si los hay, no son producto de nuestra
imaginación sino una realidad. En 1918 había una guerra atroz y
prevaleció la opinión del militar y ahora la de los inversores y
financieros. Es este un pequeño inciso, que podríamos tratar como una
pequeña pelea interna del mismo género humano, para decidir la mejor
estrategia en su lucha contra la naturaleza.
Retomando el tema no podemos olvidar lo que podría haber terminado como pandemia, que mejor refleja esta distorsión: la
Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB) o enfermedad de las Vacas Locas.
Aunque la humanidad ya había padecido de forma local enfermedades
relacionadas con la alimentación –no en vano hemos aprendido qué es
comestible a partir de prueba y error- esta fue la primera provocada por
el ser humano de manera involuntaria -aunque no accidental- que
traspasó fronteras de forma perniciosa y requirió una respuesta
coordinada. Se adquiere al ingerir carne de animales infectados, que se
infectaban con pienso fabricado parcialmente con restos de animales de
las mismas especies. Se solucionó tras el sacrificio de dos millones de
reses en el reino Unido, foco de la infección.
Actualmente estamos experimentando una nueva infección, también
producto del ser humano, y con repercusiones todavía desconocidas. La
anisakiasis, que se adquiere al ingerir pescado infectado con larvas del
gusano
Anisakis o del mismo gusano.
El Anisakis siempre ha existido de manera natural, pero en un
pequeñísimo número de peces. Es un gusano parasitario en los peces. Los
huevos eclosionan directamente en el mar. Los crustáceos se alimentan
con las larvas y son devorados así mismo por otros peces o cefalópodos.
En su interior la larva se convierte en gusano y se enquista en el
intestino o los tejidos. Su ciclo se completa en el momento que el pez
es devorado por un mamífero marino, donde vuelve a parasitarse, se
alimenta, crece, se aparea y desova a través de las heces del mismo
mamífero. Este ciclo vital tan complejo (sin mamífero marino nunca
podría reproducirse), explica su poca incidencia natural; sin embargo,
la explotación intensiva de los mares por parte del ser humano ha
transformado su propagación. Esa pesca intensiva y su posterior
comercialización conlleva la limpieza del pescado tras ser capturado,
abandonando ingentes cantidades de vísceras infectadas directamente al
mar. Esas vísceras se convierten en alimento para el resto de peces, que
se infectan en una progresión prácticamente geométrica.
Si ustedes viajan a Brasil o Perú, o al Extremo Oriente, descubrirán
cómo las distintas sociedades están interactuando de manera masiva e
inconsciente con cientos de especies que antes habitaban en espacios
exclusivamente vírgenes, que se alimentan de sus desechos y comparten
parásitos y enfermedades con los seres humanos. Y, no solo eso, el
cambio climático está transformando o cambiando los hábitos a miles de
especies de insectos, gusanos y pequeños reptiles. Precisamente la gripe
llegó al ser humano de esta manera. De origen aviar y asintomática en
estos animales, causa graves trastornos en humanos, y ocasiona miles de
muertes cada año.
¿Cuántas enfermedades habrán pasado desapercibidas?
La propia comunidad científica estima que muchas, particularmente porque
poco se sabe aún de los virus, apenas se conocen los más comunes y
dañinos, y se cree que la variedad y abundancia vírica es enorme tanto
en tierra como en los océanos. Excepto contadas ocasiones, el ser humano
ha tenido suerte. El anisakis por ejemplo no es difícil de eliminar y
tampoco es letal, pero imaginemos que lo fuera y que transportara un
virus que alterara los
priones, tal como sucede con la enfermedad de las Vacas Locas. El resultado sería catastrófico.
Hasta ahora el ser humano ha podido sobrevivir con variada fortuna a
los distintos ataques de la naturaleza provocados por él mismo, a veces
con pérdidas casi inasumibles que han cambiado la manera de vivir o de
relacionarnos, o que incluso han arruinado culturas aparentemente
incombustibles. La peste que asoló el Imperio Romano o la misma Peste
Negra, que eliminó dos tercios de las sociedades occidentales, son
buenos ejemplos, y eso en un mundo en el que una pandemia podía
contenerse más fácilmente, al no estar tan hiperconectado.
Actualmente estamos incidiendo directamente y sin los suficientes
conocimientos sobre la naturaleza de miles de especies, extinguiendo a
muchas. Si un pequeño murciélago –o un
pangolín,
aún no se sabe a ciencia cierta- ha puesto la humanidad patas arriba,
¿qué no podrían hacer una serie de diminutos insectos, de manera directa
o indirecta? ¿Cómo puede afectar a las especies la disminución de la
capa de ozono, este año debilitada en extremo en el hemisferio norte? ¿O
el desmesurado y desconocido aumento de CO2 en las capas profundas de
los océanos? ¿O la desaparición repentina, en un periodo extremadamente
corto, de especies vegetales? ¿Qué efectos tendrá esa desaparición sobre
las especies animales que residían en ellas? ¿Cómo reaccionarán y en
qué medida pueden invadir nuestros espacios?
Los virus son básicos para la supervivencia de la vida en la Tierra,
tanto en la generación de oxígeno del planeta -por su relación con las
cianobacterias
del océano, que producen la gran mayoría del oxígeno de la Tierra- y
para el equilibrio del carbono en los océanos. Dado que no podemos
eliminarlos por completo aun cuando dispusiéramos de un conocimiento
amplio de ellos, tendremos que vivir en equilibrio con ellos tanto como
sea posible. Y para ello es fundamental disponer de una red de
ecosistemas sin intervención humana, que hagan de contención para la
propagación de la mayoría de virus que puedan saltar de otros animales a
los humanos, o que pasen de unos animales inmunizados y en simbiosis
con ellos a otros que no lo están. Y aún más… el cambio climático está
provocando el deshielo de zonas terrestres que llevan en hibernación
miles de años, y que según supone la comunidad científica contendrán sus
propias poblaciones de virus, que podrían resurgir y afectar a la vida.
Nosotros no tenemos la solución mágica e inmediata, pero podemos
urgir a la sociedad para invertir nuestros recursos en encontrarla,
utilizando los recursos científicos y sanitarios disponibles; además,
deberíamos cambiar nuestro modelo de vida para adaptarla a la naturaleza
y acotar mucho el peligro de que se nos presente a nuestras puertas una
pandemia mucho peor que la que actualmente padecemos, y afecte a los
humanos, a las plantas o a otros animales de los que nos alimentamos, o a
las mismas bacterias que necesitamos para sobrevivir. Las incógnitas
son muchas y necesitamos luz sobre ellas ya.
Recuerden que la ciencia tarda en obtener resultados, y para cosechar es necesario sembrar.
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