domingo, 13 de febrero de 2011

EN EL CAFÉ - 5

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                                                           CAPÍTULO V



Jorge. – Por lo que recuerdo, señor magistrado, habíamos dejado la conversación en el derecho de propiedad.


Ambrosio. – Efectivamente. Y siento verdadera curiosidad por oírle defender en nombre de la justicia y del derecho, sus propósitos de expoliación y de rapiña.
Una sociedad en que nadie estuviera seguro de lo suyo, no sería una sociedad, sino una horda de lobos dispuestos siempre a devorarse entre sí.


Jorge. – ¿Y no le parece que es eso lo que ocurre en la actualidad?
Usted nos acusa de querer la expoliación y la rapiña; pero, al contrario, ¿no son los propietarios los que expolian continuamente a los trabajadores y les arrebatan el fruto de su trabajo?


Ambrosio. – Los propietarios emplean sus bienes como mejor les parece y tienen el derecho de hacerlo, del mismo modo que los trabajadores disponen libremente de sus brazos. Patrones y obreros contratan libremente el precio de la obra, y cuando el contrato no es violado, ninguno tiene derecho a quejarse.
La caridad podrá aliviar los dolores demasiado agudos, los sufrimientos inmerecidos, pero el derecho debe permanecer intangible.


Jorge. – ¡Pero qué dice usted de contrato libre! Si el obrero no trabaja, no come, y su libertad se parece a la del viajero asaltado por los atracadores, que da la bolsa para que no le quiten la vida.


Ambrosio. – Admitámoslo; pero no por eso puede negar el derecho a cada cual de disponer de lo suyo como le plazca.


Jorge. – ¡Lo suyo, lo suyo! Pero, ¿cómo y por qué puede decir el propietario agrícola que la tierra y los productos son suyos y cómo puede llamar bienes suyos el capitalista a los instrumentos de trabajo y a los demás capitales creados por la actividad humana?


Ambrosio. – La ley les reconoce el derecho.


Jorge. – ¡Ah! Si solo se trata de eso, entonces el atracador también podría tener el derecho a asesinar y a robar; solo tendría que formular algunos artículos de la ley que le reconociese ese derecho. Y, por lo demás, eso es precisamente lo que han hecho las clases dominantes: han hecho la ley para consagrar las usurpaciones ya perpetradas, o como medio para las nuevas.
Si todos sus “supremos principios” están fundados en los códigos, bastará que mañana una ley decrete la abolición de la propiedad privada, y lo que usted llama rapiña y expoliación se convertirá repentinamente en un “principio supremo”.


Ambrosio. – Eso no es posible, la ley ha ser justa y debe conformarse con los principios del derecho y de la moral, y no del resultado de un capricho desenfrenado, de otro modo…


Jorge. – Por lo tanto no es la ley la que crea el derecho, sino el derecho el que justifica la ley. Entonces, ¿cuál es el derecho según el que toda la riqueza existente, tanto la natural como la creada por el trabajo del hombre, pertenece a pocos individuos y les da derecho de vida y de muerte sobre el resto?


Ambrosio. – Es el derecho que tiene, que debe tener todo hombre a disponer libremente del producto de su actividad. Es un sentimiento natural del hombre, sin el cual no habría sido posible civilización alguna.



Jorge. – Bien, he aquí cómo se convierte en defensor de los derechos del trabajo. Excelente, pero dígame, ¿cómo es que aquéllos que trabajan son los que no tienen nada, mientras que la propiedad pertenece precisamente a los que no trabajan?
¿No le parece que lo lógico sería tratar a los actuales propietarios como usurpadores, y que, en justicia, sería necesario expropiarlos para devolver las riquezas a sus legítimos propietarios, los trabajadores?


Ambrosio. – Si hay propietarios que no trabajan, es porque han trabajado antes, ellos o sus antepasados, y tuvieron la virtud de ahorrar y el ingenio de hacer fructificar sus ahorros.


Jorge. – Claro… imagine usted un trabajador, que en general apenas gana para alimentarse, ahorrando y amontonando riquezas.
Usted sabe perfectamente que el origen de la propiedad está en la violencia, en la rapiña, el robo legal o ilegal. Pero admitamos que exista quien haya conseguido ahorrar dinero sobre el producto de su trabajo, de su propio trabajo personal; si lo quiere disfrutar más tarde, cuándo y cómo le parezca, no hay nada que objetar. Pero la cosa cambia completamente de aspecto cuando comienza lo que usted llama: hacer fructificar los ahorros. Eso significa hacer trabajar a los demás y robarles una parte de su trabajo; significa acaparar mercaderías y venderlas más caras de lo que cuestan; significa crear artificialmente la carestía para especular sobre ella, significa quitar a los otros los medios para vivir trabajando libremente, a fin de obligarles a trabajar por poco salario. Y otras tantas cosas parecidas que ya nada tienen que ver con el sentimiento de justicia y que demuestran que la propiedad, cuando no deriva de la rapiña franca y abierta, lo hace del trabajo de los demás.
¿Le parece a usted justo que un hombre que, concedámoslo, con su trabajo y con su ingenio ha reunido un poco de capital, pueda después robar a los demás el producto de su trabajo y, además, entregar a todos sus descendientes el derecho a vivir ociosos a costa de los trabajadores?
¿Le parece justo que, porque haya habido unos pocos hombres trabajadores y ahorradores, que han acumulado capital, el resto de la humanidad deba ser condenada a la perpetua miseria y al embrutecimiento?
Por otro lado, aunque uno haya conseguido, sólo a través de su esfuerzo, disponer de multitud de recursos no podría por eso ser autorizado a causar mal a los demás, para quitarles los medios de vida. Si alguien hiciera un camino a lo largo del litoral, no podría reivindicar por eso el derecho a impedir a los otros el acceso al mar. Si alguien pudiese cultivar por sí solo toda una provincia, no podría por eso condenar al hambre a todos los sus habitantes. Si uno hubiese creado nuevos y poderosos medios de producción, no tendría derecho a usar su invención para someter al resto de los hombres y, menos aún, el de asociar a todos sus descendientes el derecho a dominar y explotar las generaciones futuras.
Aparte de eso, ¿cómo puede suponer, aunque sólo sea un instante, que los actuales propietarios son trabajadores o descendientes de trabajadores? ¿Quiere usted que le explique el origen de la riqueza de todos los señores de nuestro país, tanto de los nobles de vieja estirpe como de los nuevos administradores?


Ambrosio. – No, no, por favor, dejemos a un lado las cuestiones personales. Si hay riquezas mal adquiridas, no es esa una razón para negar el derecho de propiedad. Lo pasado, pasado está y de nada sirve buscar su origen de siglos pasados.


Jorge. – No los removamos, si así lo desea. Para mí la cosa no tiene importancia. La propiedad individual debe ser abolida, no sólo porque puede haber sido más o menos mal adquirida, sino porque da el derecho y los medios de explotar el trabajo ajeno y siempre termina por poner la mayoría de los hombres bajo el albedrío de unos pocos.
Pero, a propósito, ¿cómo puede justificar usted la propiedad individual de la tierra con su teoría del ahorro, cuando no puede decirse que ha sido producida por el trabajo de los propietarios o de sus antepasados?


Ambrosio. – He aquí la cuestión. La tierra inculta, estéril, no tiene valor. El hombre la ocupa, la abona, la hace fructífera y, naturalmente, tiene derecho a los frutos que sin su trabajo no habría producido.


Jorge. – Perfectamente: ese es el derecho de los trabajadores a los frutos de su trabajo; pero ese derecho cesa apenas se termina de cultivar la tierra. ¿No le parece?
Ahora bien: ¿cómo es que los propietarios actuales poseen territorios, a menudo inmensos, que no trabajan para ellos mismos, que no han trabajado nunca y que, a menudo, ni siquiera dejan trabajar a otros? ¿Cómo es que unos pocos poseen tierras que jamás fueron cultivadas? ¿Qué tipo de trabajo puede haber dado origen, en este caso, al derecho de propiedad?
La verdad es que la tierra y todavía más el origen de la propiedad es la violencia. Y usted no logrará justificarla si no es aceptando el principio de que el derecho es la fuerza, en cuyo caso... ¡ay de ustedes si un día son los más débiles!


Ambrosio. – En todo caso, usted olvida la utilidad social, las necesidades inherentes al consorcio civil. Sin el derecho de la propiedad no habría seguridad ni trabajo ordenado; y la sociedad se disolvería en el caos.


Jorge. – ¡Cómo! ¿Ahora me habla de utilidad social? ¡Pero si en nuestra primera conversación hablé de los males que la propiedad produce, y usted me recordó la cuestión del derecho abstracto!
Pero basta por esta noche. Discúlpeme, debo marchar. Volveremos a hablar.

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viernes, 4 de febrero de 2011

EN EL CAFÉ - 4

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                                                       CAPÍTULO IV



César. – Me gusta razonar con usted. Tiene una manera de presentar las cosas que parece tener razón... y no digo que se equivoque en todo.
En el actual orden social hay ciertamente absurdos reales o aparentes. Por ejemplo, una cosa imposible de entender es la aduana. Mientras que la gente muere de hambre o de pelagra por no tener pan bueno y abundante, el gobierno dificulta la recepción del grano de América, que tiene más del que necesita y desea vendérnoslo. Es como uno que, teniendo hambre, rehusara comer. Sin embargo...

Jorge. – Sí, pero el gobierno no tiene hambre; y tampoco la tienen los propietarios del grano de Italia, en interés de los cuales, el gobierno decreta derechos de entrada sobre el trigo. Si decidiesen los que tienen hambre, nadie rehusaría la importación del grano.

César. – Lo sé, y comprendo que con esos argumentos logre usted abrirse camino entre el pueblo, que ve las cosas en conjunto y por un solo lado. Pero, a fin de no engañarse, es necesario examinar todos los aspectos de la cuestión y yo me preparaba a hacerlo cuando me interrumpió.
Es verdad que el interés de los propietarios influye mucho en la imposición de las tarifas de entrada. Pero, por otra parte, si las fronteras fuesen abiertas, los americanos que pueden producir grano y carne en mejores condiciones que nosotros, acabarían por abastecer completamente nuestro mercado; y entonces, ¿qué harían nuestros campesinos? Los propietarios se arruinarían, pero los trabajadores aún estarían peor. El pan podría venderse a cinco céntimos el kilo, pero si no hubiera manera de ganar esos cinco céntimos, la gente moriría de hambre igual que antes. Por otro lado, los americanos, más o menos barata, querrían cobrar su mercancía; y si en Italia no se produjese, ¿con qué se pagaría?
Me dirá que en Italia se podrían cultivar productos más adecuados para su suelo y su clima y cambiarlos con los de otras países: el vino, por ejemplo, las naranjas, las flores… Pero, ¿y si esas cosas que nosotros podemos producir a buen precio, no las quieren los demás porque no las utilizan o las hacen ellos mismos? Sin contar que, para transformar el cultivo se necesita capital, conocimientos y, sobre todo, tiempo, ¿entretanto qué comemos?

Jorge. – ¡Perfecto! Ha puesto usted el dedo en la llaga. El libre cambio no puede resolver la miseria, como no puede resolverla el proteccionismo. El libre cambio favorece a los consumidores y perjudica a los productores, y, viceversa, el proteccionismo favorece a los productores y perjudica a los consumidores, de modo que para los trabajadores, que son al mismo tiempo productores y consumidores, es lo mismo y siempre lo será hasta que sea abolido el sistema capitalista.
Si los obreros trabajasen por su cuenta y no para beneficio de los patrones, toda región podría producir lo suficiente para sus necesidades y después no tendría más que ponerse de acuerdo con los otros países para distribuir el trabajo de producción según la calidad del suelo, el clima, la facilidad para tener materias primas, las costumbres de los habitantes, etc.; de manera que todos los hombres podrían tener el máximo de disfrute con el mínimo de esfuerzo.

César. – Sí, pero eso no es más que una utopía.

Jorge. – Lo será ahora, pero cuando el pueblo haya comprendido que así se puede vivir mejor, se transformará en realidad. No hay más obstáculo que el egoísmo de los unos y la ignorancia de los otros.

César. – Hay muchos obstáculos, amigo mío. Usted cree que una vez expulsados los patrones, se nadaría en la opulencia…

Jorge. – No digo eso. Al contrario, pienso que para salir del estado de penuria en que nos mantiene el capitalismo, y para organizar la producción de modo que satisfaga ampliamente las necesidades de todos, será preciso trabajar mucho; pero no es la voluntad de trabajar la que falta al pueblo, es la posibilidad. Nosotros nos lamentamos del sistema actual, no tanto porque nos toca mantener a los ociosos en el confort, aunque eso no nos plazca, como porque son los ociosos los que regulan el trabajo y nos impiden trabajar en buenas condiciones y producir lo suficiente para todos.

César. – Usted exagera. Es verdad que a menudo los propietarios no hacen trabajar para así especular sobre la escasez de los productos, pero aún lo es más porque carecen de capitales.
La tierra y las materias primas no bastan para producir. Necesitamos, usted lo sabe, instrumentos, máquinas, locales, medios para pagar a los obreros mientras trabajan, es decir: capital; y eso solo se consigue con el tiempo. ¡Cuántas empresas no pasan de ser un proyecto y fracasan, por falta de capitales! Figúrese si además y como usted desea, viniera una revolución. Con la destrucción del capital y el gran desorden que se generaría, solo conseguiría más miseria.

Jorge. – Ese es otro error u otra mentira de los defensores del orden presente: la falta de capital. El capital puede faltar a cualquier empresa a causa del acaparamiento hecho por otros, si lo suma, encontrará que hay gran cantidad de capital inactivo, lo mismo que hay gran cantidad de tierras incultas.
¿No ve cuántas máquinas se herrumbran, cuántas fábricas permanecen cerradas, cuántas casas están despobladas o poco habitadas, mientras la mayoría no encuentra casa y los albañiles no encuentran trabajo?
Se necesita alimento para los obreros mientras trabajan; pero también deben comer aunque estén desocupados. Comen poco y mal, pero quedan con vida y dispuestos a trabajar, en cuanto un patrón tiene necesidad de ellos. Por lo tanto, no es porque faltan los medios para vivir, por lo que los obreros no trabajan. Si pudiesen trabajar por su cuenta, aceptarían también -si fuese verdaderamente necesario- el trabajo viviendo como viven estando desocupados, porque sabrían que con aquel sacrificio temporal saldrían definitivamente del estado de miseria y de opresión.
Figúrese, las veces que un terremoto destruye una ciudad, arruina una comarca entera. Y en poco tiempo la primera se reconstruye más bella que antes y en la segunda no queda ni rastro del desastre. Curioso que entonces los propietarios y los capitalistas encuentren los medios para reconstruirlo todo en un abrir y cerrar de ojos, en el mismo lugar donde no había dinero para construir una casa para los obreros.
En cuanto a la posible ruina que provocaría la revolución, es de esperar que el pueblo no quiera destruir lo que pasaría a ser de su propiedad. De cualquier modo tampoco sería peor que lo acontecido por un terremoto.
En principio no deberían existir impedimentos para conseguir el objetivo, excepto dos, que sin superarlos sería imposible continuar: la inconsciencia del pueblo y los carabineros; pero


Ambrosio. – Usted habla de capitales, de trabajo, de producción, de consumo, etc., sin embargo, de derecho, de justicia, de moral y de religión nunca dice nada.
Buscar la mejor manera de utilizar la tierra y el capital es muy importante; pero
Aún lo son más las cuestiones morales. El ideal es que todo el mundo viva bien; pero si para alcanzar esa utopía hubiera de renegar de los principios del derecho, sobre los cuales debe fundamentarse toda sociedad civil; entonces prefiero mil veces mantener la actual injusticia. Y además, piense que debe haber una voluntad suprema que lo regule todo.
El mundo no se ha hecho por sí mismo y debe haber un más allá, no digo Dios, paraíso, infierno, porque usted es incapaz de creer en eso, pero debe haber algo que explique todo y en el cual las aparentes injusticias de aquí abajo encuentren su compensación. ¿Cree usted que puede violar la armonía del universo? Nadie puede y no tenemos más remedio que aceptar lo establecido.
Termine de una vez por todas, de sobornar las masas, de suscitar quiméricas esperanzas en el alma de los desheredados, de aventar las brasas. ¿Es que quiere destruir la civilización heredada de nuestros ascendientes, mediante una revolución social?
Si quiere hacer buena obra, si quiere aliviar en lo posible el sufrimiento de los míseros, dígales que se resignen con su propia suerte; pues la verdadera felicidad está en contentarse. Por otra parte, cada cual debe llevar su cruz; todas las clases sociales tienen sus tribulaciones y sus obligaciones, y no siempre los más felices son los que viven en la opulencia.


Jorge. – Vamos, honorable magistrado, deje a un lado las declamaciones sobre los “grandes principios” y las indignaciones convencionales; no estamos en el tribunal y en este momento no tiene que pronunciar sentencia alguna contra mí.
¡Como se adivina, al oírle hablar, que usted no está entre los desheredados! Y es tan útil la resignación de los míseros para quienes viven a su costa.
Ante todo, déjese, le ruego, de argumentos trascendentales y religiosos, en los cuales ni usted mismo cree. De los misterios del universo no sé nada y usted no sabe más que yo; por eso es inútil traerlos a discusión. Por otra parte, considere que la creencia en un dios creador y padre de los hombres no sería una buena arma para usted. Si los sacerdotes, que siempre han estado y están al servicio de los señores, deslegitiman el deber de los pobres de resignarse a su suerte, otros podrían legitimar (y en el curso de la historia hay quien lo ha hecho) el derecho a la justicia y a la igualdad. Si Dios es nuestro padre común, todos nosotros somos hermanos. Y Dios no puede querer que algunos de sus hijos exploten y martiricen a los otros; y los ricos, los dominadores, serían los Caínes malditos por el padre. Pero dejemos eso.


Ambrosio. – Bien, dejemos la religión, porque con usted sería inútil hablar de ella.
Pero supongo que admite la existencia de un derecho y una moral por encima de todo.


Jorge. – Escuche, si fuese verdad que el derecho, la justicia, la moral, exigieran y consagraran la opresión y la infelicidad, aunque fuera de un solo ser humano, le diría de inmediato que derecho, justicia, moral, no son más que mentira, arma infames forjadas para la defensa de los privilegiados; y tales han sido cuando se entienden como usted las entiende.
El derecho, la justicia y la moral deben procurar el máximo bienestar de todos, de otro modo son sinónimos de prepotencia y de injusticia. Y es tan cierto que este concepto responde a la necesidad de la existencia y del desarrollo de la sociedad, que se ha formado y persiste en la conciencia humana y va adquiriendo cada vez más fuerza, a pesar de todos los esfuerzos en contra, de aquéllos que hasta ahora gobernaron el mundo.
Usted mismo no puede defender, mas que con pobres sofismas, las presentes instituciones con los principios de la moral y de la justicia como usted los entiende cuando habla abstractamente.


Ambrosio. – Ciertamente, usted muy presuntuoso. No le basta negar, como me parece que hace, el derecho de la propiedad; sino que también pretende que nosotros somos incapaces de defenderlo con nuestros propios principios.


Jorge. – Justamente. Y si quiere se lo demostraré la próxima vez.

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domingo, 23 de enero de 2011

EN EL CAFÉ - 3

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                                                           CAPÍTULO III



César. – Así, pues, ¿nos explicará esta noche cómo se puede vivir sin gobierno?

Jorge. – Haré lo que pueda. Pero ante todo examinemos un poco en qué estado se encuentra la sociedad actual y si es verdaderamente necesario cambiar su constitución.
Observando la sociedad en que vivimos, los primeros fenómenos que llaman la atención del observador son la miseria que aflige a las masas, la incertidumbre del mañana que pesa más o menos sobre todos, la lucha encarnizada que llevan a cabo todos contra todos por la conquista del pan.

Ambrosio. – Señor mío, usted puede continuar un buen rato describiendo los males sociales; de materia no falta. Pero eso no sirve para nada y no demuestra que se estaría mejor poniendo las cosas al revés. No es sólo la miseria la que aflige a la humanidad; existen también pestes, terremotos, cólera... y sería curioso que usted quisiera hacer la revolución contra esos flagelos.
El mal está en la naturaleza de las cosas...

Jorge. – Pero quiero precisamente demostrarle que la miseria depende del modo actual de organización social y que en una sociedad más equitativa y más razonablemente organizada debe desaparecer.
Cuando no se conocen las causas de un mal y no se sabe cómo remediarlo, paciencia; pero en cuanto se descubre el remedio está en el interés y el deber de todos el aplicarlo.

Ambrosio. – Ahí está su error; la miseria depende de causas superiores a la voluntad y a las leyes humanas. La miseria depende de la naturaleza avara que produce insuficiente para la necesidad de los hombres.
Vea los animales, donde no hay que acusar al capital de infame ni al gobierno de tiránico; no hacen más que luchar por el alimento y a menudo mueren de hambre.
Cuando no hay, no hay. La verdad es que somos demasiados en el mundo. Si la gente supiese contenerse y no hiciera hijos mas que cuando pudiese mantenerlos... ¿Ha leído a Malthus?

Jorge. – Sí, un poco; pero si no lo hubiese leído sería lo mismo. Lo que yo sé, sin tener necesidad de leerlo en parte alguna, es que se necesita una buena cara dura, perdóneme, para sostener esas cosas.
La miseria depende de la naturaleza avara, dice usted, y sin embargo, sabe que hay muchas tierras incultas.

Ambrosio. – Pero si hay tierras incultas, no significa que sean cultivables, que puedan producir lo suficiente para pagar los gastos.

Jorge. – ¿Lo cree usted?
Pruebe un poco y regáleselas a los campesinos y verá qué jardines harán de ellas. Por lo demás, ¿es que razona usted en serio? Muchas tierras han sido cultivadas en otros tiempos, cuando el arte agrícola estaba en sus primicias y la química y la mecánica aplicada a la agricultura no existían apenas. ¿No sabe que hoy se pueden transformar en tierras fértiles incluso los pedregales? ¿No sabe que los agrónomos, aun los menos entusiastas, han calculado que un territorio como Italia, si fuera cultivado racionalmente, podría mantener en la abundancia una población de cien millones?
La verdadera razón por la cual las tierras fueron dejadas incultas, y no se saca de las cultivadas más que una pequeña parte de lo que podrían dar, si se adoptasen métodos de cultivo menos primitivos, está en que los propietarios no tienen interés en aumentar la producción. No se preocupan del bienestar del pueblo: producen para vender, saben que cuando tienen mucho los precios bajan y el provecho disminuye y puede acabar siendo, al fin de cuentas, menor de lo que obtienen, cuando los productos escasean y pueden ser vendidos al precio que pretenden.
Esto no ocurre sólo en lo que se refiere a los productos agrícolas. En todas las ramas de la actividad humana pasa lo mismo. Por ejemplo: en todas las ciudades los pobres son constreñidos a vivir en tugurios infectos, amontonados sin preocupación alguna por la higiene y la moral, en condiciones en que es imposible mantenerse limpios y vivir decentemente. ¿Por qué ocurre eso? ¿Tal vez porque faltan las casas? ¿Pero por qué no se construyen casas sanas, cómodas y hermosas en cantidad suficiente para todos?
Las piedras, la tierra para hacer ladrillos, la cal, el hierro, la madera, todos los materiales de construcción abundan; abundan los albañiles, los carpinteros, los arquitectos sin trabajo que solo desean trabajar. ¿Por qué se dejan inactivas tantas fuerzas, que podrían ser empleadas para beneficio de todos?
La razón es simple, y es que si hubiera muchas casas los alquileres disminuirían. Los propietarios de las casas hechas, que son los mismos que tendrían medios para hacer otras, no tienen ninguna voluntad de ver disminuir sus rentas por el bienestar de la gente.

César. – Hay verdad en lo que usted dice; pero se engaña al explicar los hechos dolorosos que afligen a nuestro país.
La causa de las tierras mal cultivadas o incultas, de la paralización de los negocios, de la miseria general, es que nuestra burguesía no es emprendedora. Los capitalistas son miedosos e ignorantes y no quieren o no saben desarrollar las industrias, los propietarios de tierras no saben hacer más que lo que hicieron sus abuelos y, por otra parte, no quieren molestias, los comerciantes no saben abrirse a nuevos mercados, y el gobierno, con su fiscalismo y su estúpida política aduanera, en lugar de estimular la iniciativa privada, la obstaculiza y la sofoca en su cuna. Fíjese en Francia, Inglaterra, Alemania.

Jorge. – Que nuestra burguesía sea negligente e ignorante, no lo pongo en duda, pero su inferioridad explica sólo por qué es derrotada por la burguesía de los otros países, en la lucha por la conquista del mercado mundial; no explica en modo alguno el por qué de la miseria del pueblo. Y la prueba vidente es que la miseria, la falta de trabajo y todo el resto de los males sociales existen en los países donde la burguesía es más activa e inteligente que en Italia: incluso los males son generalmente más intensos en los países donde la industria está más desarrollada, salvo que los obreros hayan sabido conquistar mejores condiciones de vida con la organización, la resistencia o las sublevaciones.
El capitalismo es el mismo en todas partes. Tiene necesidad, para vivir y prosperar, de una condición permanente de semi-carestía; tiene necesidad de ella para mantener los precios y para encontrar siempre hambrientos dispuestos a trabajar en cualquier condición.
Usted ve, en efecto, que cuando en un país cualquiera la producción es impulsada, no es para dar a los productores el medio de consumir más, sino siempre para vender en un mercado exterior. Si el consumo local aumenta es sólo cuando los obreros han sabido aprovechar las circunstancias para exigir un aumento de salario y han conquistado así la posibilidad de comprar más; pero luego, cuando por una razón o por otra el mercado exterior para el que se trabaja no compra más, viene la crisis, el trabajo se detiene, los salarios se reducen y la miseria vuelve a hacer estragos. Y sin embargo, en el mismo país la gran mayoría carece de todo. ¡Con lo razonable que sería trabajar para el propio consumo! Pero entonces, ¿qué ganarían los capitalistas?

Ambrosio. – ¿Así, pues, usted cree que toda la culpa es del capitalismo?

Jorge. – Sí, tanto o más por el hecho que algunos individuos han acaparado la tierra y todos los instrumentos de producción, y pueden imponer a los trabajadores su voluntad de tal manera que, en lugar de producir para satisfacer las necesidades de la población, se produce para el beneficio de los patrones.
Todas las razones que podría imaginar para salvar los privilegios burgueses son otros tantos errores, u otras tantas mentiras. Hace poco decía usted que la causa de la miseria es la escasez de productos. En otro momento habría dicho que los almacenes están repletos, que los artículos no se pueden vender y que los patrones no pueden dar trabajo para arrojar luego el producto.
He aquí lo absurdo del sistema: se muere de hambre porque los almacenes están repletos y no hay necesidad de cultivar o, más bien, los propietarios no tienen necesidad de hacer cultivar la tierra; los zapateros no trabajan y, sin embargo, van con los zapatos rotos porque hay demasiados zapatos... y así por el estilo.

Ambrosio. – ¿Por consiguiente son los capitalistas los que se deberían morir de hambre?

Jorge. – ¡OH, no! De ningún modo. Deberían simplemente trabajar como los demás. Eso le parecerá un poco duro, pero no lo crea, cuando se come bien el trabajo no hace daño. Aún más, le podría demostrar que es una necesidad y una alegría para el organismo.
Pero, a propósito, mañana tengo que trabajar y ya es demasiado tarde. Hasta otra vez.


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jueves, 13 de enero de 2011

EN EL CAFÉ - 2

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Queda dicho: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia y bla, bla, bla...
                                                        

                                                   CAPÍTULO IIº



Ambrosio. (Juez) – Escuche, señor Próspero, ahora que estamos entre nosotros, todos buenos conservadores. La otra noche, cuando hablaba con ese cabeza hueca de Miguel, no quise entrometerme; pero, ¿es aquél el modo de defender las instituciones? ¡Casi parecía usted anarquista!

Próspero. – OH, ¿y por qué?

Ambrosio. – Porque en sustancia, usted decía que toda la organización presente de la sociedad está fundada en la fuerza, dando así razón a los que quisieran destruirla con la fuerza. Pero los supremos principios que rigen las sociedades civiles, el derecho, la moral, la religión, ¿no los cuenta para nada?

Próspero. – Sí, usted siempre se llena la boca con su derecho. Es un vicio que procede del oficio. Si mañana el gobierno decretase, supongamos, el colectivismo, usted condenaría a los partidarios de la propiedad individual, con la misma impasibilidad que condena hoy a los anarquistas... y siempre en nombre de los supremos principios del derecho eterno e inmutable.
Todo es una cuestión de nombres, Usted dice derecho, yo digo fuerza, pero al fin lo que decide de veras son los sacrosantos carabineros y tiene razón el que los tiene de su parte.

Ambrosio. - ¡Vamos, vamos, señor Próspero! Parece imposible cómo en usted el amor al sofisma sofoca siempre los instintos del conservador. No comprende de qué mal efecto es ver una persona como usted, uno de los más pudientes de la región, dar argumentos a los peores enemigos del orden. Créame: dejemos de disputar entre nosotros, al menos en público, y agrupémonos para defender las instituciones, que por la malignidad de los tiempos están sufriendo rudas sacudidas, y para defender nuestros intereses en peligro...

Próspero. – Estrechemos las filas, bien; pero si no tomamos enérgicas medidas, si no se acaba con el doctrinarismo liberal no se hará anda.

Ambrosio. – OH, sí, eso es verdad. Son necesarias las leyes severas y severamente aplicadas.
Pero eso no basta. Sólo con la fuerza no se tiene largo tiempo sujeto al pueblo, máxime en los tiempos que corren. Es preciso oponer la propaganda a la propaganda, es preciso persuadir al ciudadano de que tenemos razón.

Próspero. – ¡Entonces mal va! Amigo mío, por el interés común le ruego que se guarde bien de la propaganda. Es una cosa subversiva, aunque la hagan conservadores; y su propaganda se volvería siempre beneficiosa para los socialistas, los anarquistas o como diablos se llamen.
Es imposible persuadir a uno que tiene hambre, de que es justo que no coma, y más cuando es el mismo que produjo los alimentos. Mientras no piense, y marche bendiciendo a dios y al patrón por lo poco que le dejan, está bien. Pero desde el momento que comienza a reflexionar sobre su condición, todo acabó: se convierte en un enemigo con el que no será posible reconciliarse.
¡Sí, sí! Es preciso evitar a cualquier precio la propaganda, sofocar la prensa con o sin la ley o incluso contra ella.

Ambrosio. – ¡Seguramente, seguramente!

Próspero. – Impedir toda reunión, disolver las asociaciones, meter en la cárcel a todos lo que piensan.

César. (Negociante) – Poco a poco, no se deje llevar por la pasión. Recuerde que otros gobiernos y en tiempos mas propicios, han adoptado los métodos que usted aconseja y han precipitado su caída.

Ambrosio. – Silencio, silencio; he ahí a Miguel, que viene en compañía de un anarquista, a quien condené el año pasado a seis meses de cárcel por un manifiesto subversivo. En realidad, que quede entre nosotros, era completamente legal; pero, qué quieren, estaba la intención delictiva y, además, la sociedad debe ser defendida.

Miguel. – Buenas noches, señores. Les presento un amigo anarquista que ha querido aceptar el desafío lanzado la otra noche por el señor Próspero.

Próspero. – ¿Qué desafío, qué desafío? Se discute así entre amigos para pasar el tiempo. Por tanto, ya me explicará usted lo que es esa anarquía de la cual no hemos podido comprender nunca nada.

Jorge. (Anarquista) – No oficio de profesor de anarquía y no vengo a darles un curso de anarquía; pero puedo defender mis ideas. Por lo demás aquí está este señor (señalando a Ambrosio en tono irónico) que debe saber más que yo. Ha condenado mucha gente por anarquismo y como, ciertamente, es hombre de conciencia, no lo habrá hecho sin haber estudiado previamente el argumento.

César. – Vamos, vamos, no lo convirtamos en una cuestión personal. Y ya que debemos hablar de anarquía, entremos en el asunto.
Vea, yo reconozco que las cosas van mal y que es preciso remediarlas. Pero no hay que caer en utopías y, sobre todo, hay que evitar la violencia. Ciertamente, el gobierno debería preocuparse más a fondo de los trabajadores; debería procurar trabajo a los desocupados, proteger la industria nacional, estimular el comercio. Pero...

Jorge. – ¡Cuántas cosas quiere usted hacerle hacer al pobre gobierno! Pero el gobierno no quiere preocuparse de los intereses de los trabajadores y se comprende...

César. – ¿Cómo, se comprende? Hasta ahora el gobierno se ha mostrado verdaderamente incapaz y tal vez poco voluntarioso para remediar los males del país, pero mañana, ministros más instruidos y celosos de su trabajo podrían hacer lo que no se ha hecho hasta ahora

Jorge. – No, querido señor, no es cuestión de un ministro o de otro. Es cuestión del gobierno en general: de todos los gobiernos, el de hoy como el de ayer y como el de mañana. El gobierno emana de los propietarios, sus miembros son ellos mismos; ¿cómo podría, pues, obrar en interés de los trabajadores? Por otra parte, el gobierno, aunque quisiera, no podría resolver el problema, porque lo que lo provoca determina la naturaleza y la tendencia del gobierno. Para resolver la cuestión social es preciso cambiar radicalmente todo el sistema, que el gobierno tiene precisamente por misión defender.
Usted habla de dar trabajo a los desocupados. Pero ¿cómo puede hacer eso el gobierno si no tiene trabajo? ¿Debe realizar obras inútiles? ¿Y quién las pagará luego? ¿Debería hacer producir para proveer las necesidades de la gente? Pero entonces, los propietarios no encontrarían el modo de vender los productos que usurpan a los trabajadores, al contrario, deberían cesar de ser propietarios, pues el gobierno, para poder hacer trabajar a la gente, tendría que quitarles la tierra y el capital que tienen monopolizados.
Eso sería la revolución social, la liquidación de todo el pasado, y usted sabe que si eso no lo hacen los trabajadores, los pobres, los desheredados; el gobierno, ciertamente, no lo hará nunca.
Proteger la industria y el comercio, dice usted: pero el gobierno no puede, a lo sumo, más que favorecer a una clase de industriales en perjuicio de otra clase, los comerciantes de una región en perjuicio de otra. Resumiendo: no se habría ganado nada, aparte de favoritismo, injusticia y muchos gastos improductivos de más. En cuanto a un gobierno que protegiera a todos, es una idea absurda, puesto que le gobierno no produce nada y, por tanto, no puede hacer más que cambiar de lugar la riqueza producida por los otros.

César. - ¿Pero, entonces? Si el gobierno no quiere o no puede hacer nada, ¿qué remedio queda? Aun si ustedes hicieran la revolución será preciso que formen otro gobierno, y como usted dice que todos los gobiernos son lo mismo, tras la revolución quedaremos igual que antes.

Jorge. – Usted tendría razón si la revolución que buscamos fuese un simple cambio de gobierno. Pero nosotros queremos la completa transformación del régimen de la propiedad, del sistema de producción y de cambio; y en cuanto al gobierno, órgano parasitario, inútil y nocivo, no lo queremos de ningún modo. Consideramos que mientras haya un gobierno, es decir, un ente sobrepuesto a la sociedad y provisto de medios para imponer con la fuerza la propia voluntad, no habrá emancipación real, no habrá paz entre los hombres.
Usted sabe que soy anarquista, y anarquía significa sociedad sin gobierno.

César. – ¿Pero cómo? ¿Una sociedad sin gobierno? ¿Cómo se puede vivir así? ¿Quién haría las leyes? ¿Quién las haría ejecutar?

Jorge. – Veo que no sabe nada de lo que nosotros queremos. Para no perder el tiempo en divagaciones, será preciso que me deje explicarle breve, pero metódicamente, nuestro programa y así podremos sacar mejor provecho de la discusión.



Pero ahora es tarde, comenzaremos el día próximo.

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viernes, 7 de enero de 2011

"EN EL CAFÉ" de Errico Malatesta

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Al repasar mis notas descubro, en un apartado sobre las lecturas de Anna y Mónica, las pocas discusiones, más filosóficas que políticas, más ideológicas que literarias, que tuvimos por entonces. Coincidíamos, claro, pero no en todo.
Recuerdo que Anna tenía unos folios en francés que leí con asombro. Por entonces y pese mi compromiso, yo era un imberbe ideológico, solo me movía una cosa, la misma que Mónica: la injusticia; pero ella, mucho más joven y aparentemente inocente, era más consecuente que yo; o quizá igual, pero con las ideas más claras.
Los folios eran parte de una pequeña obra de teatro, le llaman folleto: “Dans le café”.

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                                                           EN  EL  CAFÉ
                                                         De Errico Malatesta
                        Extraído de: http: //www.bibliotecaalbertoghiraldo.blogspot.com/

                                                     
                                                             CAPÍTULO Iº



Próspero. (Gordo burgués entendido en economía política y otras ciencias) – Cierto, lo sabemos. Hay gente que sufre hambre, mujeres que se prostituyen, niños que mueren por falta de cuidados. Dices siempre lo mismo... ¡te haces cansino! Déjanos saborear en paz nuestros helados... Sí, hay males en la sociedad: hambre, ignorancia, guerra, delito, peste, el diablo que te lleve... pero, en fin, ¿qué te importa a ti?

Miguel. (Estudiante que mantiene relación con socialistas y anarquistas) – ¡Cómo! ¿Y en último resultado? ¿Que qué es lo que me importa? Usted tiene una casa cómoda, una despensa bien provista, criados a sus órdenes. Usted mantiene los hijos en el colegio, envía su mujer a los baños; para usted todo va bien. Y porque usted está bien, que se hunda el mundo, nada le importa. Pero, si tuviese un poco de corazón, sí...

Próspero. – Basta, basta... no nos sermonees ahora. Y además, jovencito, termina con ese tono. Tú me crees insensible, indiferente a los males ajenos. Al contrario, mi corazón sangra: pero con el corazón no se resuelven los grandes problemas sociales. Las leyes de la naturaleza son inmutables, y no es con declamaciones ni con un afeminado sentimentalismo como pueden ser modificadas. El sabio se doblega ante los hechos y goza de la vida lo mejor que puede sin correr tras sueños insensatos.

Miguel. – Ah, ¿se trata de leyes naturales?... ¿Y si a los pobres se les metiera en la cabeza corregir esas famosas leyes de la naturaleza? Conozco gentes que pronuncian discursos verdaderamente poco tranquilizadores para esas señoras leyes.

Próspero. – Sí, sí, sabemos con quién andas. Di de mi parte a esa canalla de socialistas y anarquistas, con quien tanto te gusta estar, que para ellos y para los que incurran en la tentación de poner en práctica sus teorías malvadas, tenemos buenos soldados y óptimos carabineros.

Miguel. – Oh, si pone en medio a los soldados y a los carabineros, no hablo más. Es como si para demostrarme que estoy en un error me propusiera una partida de pugilato. Pero si no tiene más argumentos que la fuerza bruta, no se fíe de ella. Mañana ustedes podrían ser más débiles; ¿y entonces?

Próspero. – ¿Entonces? Entonces, si desgraciadamente sucediera eso, habría un gran desorden, una explosión de malas pasiones, estragos, saqueos... y luego se volvería a la vieja situación. Tal vez algún pobre se habría vuelto rico, pero en suma no se habría cambiado nada, porque el mundo no se puede cambiar. Tráeme, tráeme alguno de tus agitadores anarquistas y verás cómo te lo arreglo. Valen para llenaros la cabeza de patrañas a vosotros que la tenéis vacía; pero ya veremos si pueden sostenerla.

Miguel. – Muy bien, traeré algún amigo mío que profesa los principios socialistas y anarquistas y asistiré con placer y provecho a la discusión. Pero entretanto, razone un poco conmigo, que aún no tengo una opinión bien formada; pero, sin embargo, veo claramente que la sociedad tal como está organizada, es contraria al buen sentido y al corazón humano. Vamos, usted está tan gordo y florido que un poco de excitación no le hará mal. Le ayudará a su digestión.

Próspero. – Pues bien, sea, razonemos. Pero, ¡cuánto mejor sería que pensaras en estudiar, en lugar de lanzar juicios sobre cosas que preocupan a los hombres más doctos y más sabios!
¿Sabes que tengo veinte años más que tú?

Miguel. – Eso no demuestra que usted haya estudiado más; y si debo juzgarlo por lo que le oigo decir de ordinario, dudo que si estudió mucho lo haya hecho con provecho.

Próspero. – Jovencito, jovencito, un poco más de respeto, ¡eh!

Miguel. – Si, le respeto, pero no me eche en cara la edad como hace poco me oponía los carabineros. Las razones no son ni viejas ni jóvenes; son buenas o malas, eso es todo.

Próspero. – Bien, bien, adelante. ¿Qué tienes que decir?

Miguel. – Tengo que decir que no comprendo por qué los campesinos que aran, siembran y cosechan no tienen ni pan, ni vino, ni carne en suficiencia; por qué los albañiles que hacen las casas no tienen un techo bajo el cual reposar, por qué los zapateros tienen los zapatos rotos; por qué, en suma, los que trabajan, los que producen todo carecen de lo necesario, mientras los que no hacen nada útil nadan en lo superfluo. No puedo comprender por qué hay gente que carece de pan, cuando hay tierras incultas y tantas gentes que serían felices si pudieran cultivarlas; por qué hay tantos albañiles desocupados cuando tantas personas tienen necesidad de casas; por qué no tienen trabajo tantos zapateros, sastres, etc., mientras la mayoría de la población carece de zapatos, de vestidos y de todas las cosas necesarias a la vida civil ¿Podrá decirme cuál es la ley natural que explica y justifica estos absurdos?

Próspero. – Nada más simple y claro.
Para producir no bastan los brazos, sino que se necesita tierra, materiales, instrumentos, locales, máquinas y se necesitan también los medios para vivir en espera de que se haga el producto y se pueda llevarlo al mercado; se necesita, en suma, capital. Tus campesinos, tus obreros no tienen más que brazos; por consiguiente no pueden trabajar si no agrada a quien posee la tierra y el capital. Y como nosotros somos poco numerosos y tenemos suficiente, aun dejando por un tiempo inculta la tierra e inactivos los capitales, mientras los obreros son muchos y están apremiados, siempre por la necesidad inmediata, ocurre que éstos deben trabajar cuándo y cómo nos plazca a nosotros y en las condiciones que queramos. Y cuando no tenemos necesidad de su trabajo y calculamos que no ganamos nada haciéndoles trabajar, son obligados a permanecer inactivos, aun cuando tengan la mayor necesidad de las cosas que podrían producir.
¿Estás contento ahora? ¿Quieres que te hable más claramente aún?

Miguel. – Sí, eso es lo que se llama hablar claro, no hay nada que decir.
Pero, ¿con qué derecho pertenece la tierra a algunos? ¿Cómo es que el capital se encuentra en pocas manos, y precisamente en manos de los que no trabajan?

Próspero. – Sí, sí, sé todo lo que puedas decirme y sé también las razones más o menos deficientes que otros te opondrían: el derecho de propiedad se deriva de las mejoras hechas en la tierra, del ahorro mediante el cual el trabajador se convierte en capitalista, etc. Pero a mí me gusta ser franco.
Las cosas, así como están, son el resultado de hechos históricos, el producto de toda la secular historia humana. Toda la vida de la humanidad ha sido y será siempre una continua lucha. Hay quienes salieron bien en ella y quienes salieron mal. ¿Qué puedo hacer? Tanto peor para unos y tanto mejor para los otros. ¡Ay de los vencidos! He ahí la gran ley de la naturaleza contra la cual no hay rebeldía posible.
¿Qué querrías tú? ¿Que me despojase de lo que tengo para pudrirme luego en la miseria mientras otro gozase de mi dinero?

Miguel. – No quiero precisamente eso. Pero pienso: ¿si los trabajadores, aprovechándose de que son muchos y apoyándose en su teoría de que la vida es lucha y de que el derecho se deriva de los hechos, se metiesen en la cabeza la idea de hacer un nuevo “hecho histórico”, el de quitarles a ustedes la tierra y el capital e inaugurar un derecho nuevo?

Próspero. – ¡Eh! Es verdad, eso podría embrollar un poco nuestros negocios.
Pero... continuaremos otra vez. Ahora tengo que ir al teatro.


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miércoles, 22 de diciembre de 2010

EL NUEVO CINISMO

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Por qué será que me gusta tanto perturbar el alma del bienpensante feliz



Ahora, cuando ya de todos es sabido que los de CIU son ladrones y delincuentes, la excusa de su estúpido votante es que todos son iguales, todos roban, sin que nadie lo haya demostrado, visto u oído.
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Zapatero pactando con el lobby norteamericano el fin de la libertad en Internet y saltarse la ley española para adecuarse a los EEUU; Berlusconi destruyendo el estado de derecho para perpetuar y legalizar sus delitos; Cameron, sacrificando la educación y el bienestar de sus escolares para beneficiar al gran capital; Sarkozy dispuesto a sumar a la descendiente de Le Pen; los ayuntamientos de izquierda (de progreso, según ellos) catalanes dando coba a la xenofobia…
Mientras tanto, el casquete polar se deshiela a un ritmo tan desconocido como esperado, sin que nadie haga algo para remediarlo.
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Hace años, ya en el 2007, comentaba en Expansión sobre la crisis que se avecinaba, muy distinta a la financiera; en el 2008 lo hacía con mi amigo Sebas, un comandante de la armada.
Curioso que un comandante de la armada y un diseñador y empresario del mundo de la moda vieran con tanta claridad la actual depresión, mientras nuestros políticos y una parte de nuestros economistas, precisamente los que se dedican a hacer que el dinero corra, no se enteraran.
Ahora discuto con más o menos fortuna en Nada es Gratis y el Sueño de Jardiel. El uno, de FEDEA, parece anclado en la desesperante inactividad y en la ilógica del desatino, divagando sobre cómo un estado debe joder a quien lo mantiene y alimentar a quien lo exprime. El otro, del sabio Manuel Conthe, quien parece estar haciendo oposiciones por si le llaman a salvar el tinglado. A saber, no dice nada que pueda alterar su subida en el escalafón.
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El futuro se llama China, Brasil y poco más; el futuro es una serie de guerras de desgaste, tan terribles como sangrientas; el aislamiento de Norteamérica y su final como potencia predominante, cuyos últimos coletazos acarrearán miseria y muerte; y la ruina de Europa, en cuyas calles se podrá ver miseria.
Paralelamente, en diez años el cambio climático transformará enormes zonas de cultivo, donde viven cientos de millones de personas, en tierras insalubres anegadas por un mar contaminado con metales pesados. Asistiremos a grandes migraciones como nunca se hayan visto, países enteros desaparecerán. Mientras el congreso norteamericano y el consejo chino, discutirán sobre la oportunidad  de dar carácter oficial a dicho cambio climático, como si dependiera de eso su existencia.
En los próximos diez años, internet habrá sido censurado y solo se podrá utilizar a partir de corredores aprobados. En algunos países se analizará el correo privado, al principio con la excusa de perseguir el terrorismo, sin que sus practicantes caigan en la idiotez de utilizarlo. Para ello se buscarán las correspondientes cabezas de turco, a poder ser entre los más rebeldes y marginados.
En el mal llamado mundo libre, todos los gobiernos afilan sus armas y ultiman sus proyectos legislativos para que la cosa termine así, poco a poco pero sin freno. Se buscan y se analizan las posibles víctimas, siempre entre los más indefensos, primero los inmigrantes sin papeles, a los que se les llamará incívicos; después sus descendientes, previamente aislados y apartados de la enseñanza y la sanidad, para, después, poder expulsarlos por falta de integración. Se les analizará hasta encontrar un vínculo con alguna clase de delito, con algaradas provocadas por su desesperación. Al principio serán cien, doscientos; después sus amigos, conocidos, familias; más adelante todo el colectivo. Serán expulsados, encarcelados o dispuestos en campos, para que la gente pueda dormir tranquila. Y la ley ya estará hecha y la población acostumbrada a obedecerla y pasar por el tamiz de la censura y de la represión.
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Hace muchos años, cuando luchábamos contra la dictadura, la mayoría, esa que vota a CIU, al PP y algunos de los que siguen al PSOE, clamaban contra nosotros, esos jóvenes que desordenan, que afectan la economía, que espantan a la clientela y no nos dejan dormir tranquilos, que constantemente nos recuerdan que vivimos en una dictadura. Y cuando les preguntábamos, miraban para los lados y decían: yo no me meto en política.
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Cuando nos encontramos con un problema social, un error matemático, un accidente de aviación, una enfermedad… cualquier cosa que rompa o altere la buena marcha de la vida, el hombre busca su solución, primero para salir del entuerto, después para no caer más en él.
En este momento nos encontramos con la crisis más grave de la sociedad moderna, como predijimos hace tres años, igual o peor que la del 29. La mayoría de nuestros economistas le dan un plazo sin argumentarlo, que va alargándose a medida que se acerca sin que nada dé a entender su final. Todos sabemos, desde el pastor más aislado de la comarca más deshabitada, hasta el director del banco de España, cuál ha sido el problema; sin embargo, no hay intención de solucionarlo, ni siquiera legislar para que no vuelva a ocurrir. En cambio, se busca desesperadamente el medio de pagarlo entre los que pueden solucionarlo, asfixiándolos y limitando su margen de maniobra. Las nuevas tecnologías, la sanidad, la investigación y las fuentes de energía alternativa… todo aquello que se contemplaba en la famosa ley de economía sostenible, han sido sacrificados, excepto lo único que se mantiene y por lo que, como avisé en su día, fue creada: la ley Sinde.


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miércoles, 8 de diciembre de 2010

DE COMENTARISTA

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Hace unos días Juan Carlos Rodríguez Ibarra escribía un artículo en la Tribuna del País, y de este salió otro en el blog de Fedea: Nada es Gratis, en el que participo como comentarista, unas veces con acierto, otras no tanto y algunas siendo borrado por la censura. Este ha sido el caso.

Mi comentario:


“Presidente de la comunidad autónoma con más superávit fiscal desde la llegada de Felipe al gobierno. A cada extremeño le queda de promedio 2800€ después de entregar 1043, mientras que a un catalán 2120, después de pagar 1868; eso sin contar que aquí todo es más caro.
La verdad, no entiendo como en Extremadura existe tanto paro después de tantos años, a no ser que alguien se lleve el dinero o lo maneje con los pies.
No sé cómo lo veis, pero mientras individuos como este tengan tribuna en medios como esos, las cosas seguirán igual o peor.
Por supuesto, me han quedado un montón de cosas en el tintero.”

Y sí, dejé muchas cosas por decir, pero pensé que no debía, ya que de seguro censurarían el comentario, por mucho que no profiriera insultos ni faltase a la verdad, algo que no pude evitar. Supongo que no les debió gustar, que al leer los comentarios se viera reflejado de tal manera.
No me extraña ni molesta que este individuo disponga de tribuna en el País. Por qué no, si es de su misma ideología neoliberal; pero sí que en un sitio tan académico y apolítico, se le pueda dar cancha a un tipo tan inútil, que para amagar su incompetencia solo le queda atacar al resto, enfrentar países y soltar improperios populistas o, como ahora, utilizar su culta verborrea para predicar lo contrario que practicó.






Este mismo tema lo he editado en La crisálida del tiempo, ampliado con otro más de opinión.


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