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sábado, 30 de abril de 2011

EN EL CAFÉ - 7

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                                                     CAPÍTULO VII




Ambrosio. – Y bien, ¿puede explicarme lo que para usted es comunismo?


Jorge. – Con mucho gusto.
El comunismo es un modo de organización social en que los hombres, en lugar de luchar entre sí por acaparar las riquezas naturales y explotarse y oprimirse recíprocamente, como en la actualidad, se asociarán y se pondrán de acuerdo para cooperar y conseguir el máximo bienestar posible de cada uno, partiendo del principio de que la tierra, las minas y todas las riquezas naturales pertenecen a todos, y también los productos acumulados y lo adquirido por las generaciones pasadas. Los hombres, en el comunismo se entenderán para trabajar cooperativamente y producir lo necesario para la comunidad.


Ambrosio. – Lo entiendo. Usted quiere, como decía un periodicucho que leí durante un proceso de anarquistas, que cada uno produzca según sus fuerzas y consuma según sus necesidades; o bien que cada uno dé lo que puede y tome lo que necesite ¿Es así?


Jorge. – Efectivamente, esas son máximas que solemos repetir a menudo; pero para que representen correctamente lo que debería ser una sociedad comunista, tal como nosotros la concebimos, habría que saberlas interpretar. No se trata, evidentemente, de un derecho absoluto a satisfacer todas las necesidades propias, pues las necesidades son infinitas y crecen más rápidamente que los medios para satisfacerlas; por consiguiente su satisfacción está limitada por las posibilidades de la producción; no sería útil ni justo que la colectividad, para satisfacer un exceso de necesidad o, mejor dicho, los caprichos de algún individuo, se sometiese a un trabajo desproporcionado por la utilidad producida. Y tampoco se trata de emplear en la producción todas las fuerzas individuales, puesto que eso, tomado literalmente, significa que sería preciso trabajar hasta el agotamiento, es decir, que para satisfacer mejor las necesidades del hombre habría que destruir al hombre.
Lo que nosotros queremos es que todos estén lo mejor posible; es que todos alcancen el máximo de satisfacción con el mínimo de esfuerzo. No podría darle una fórmula teórica que represente exactamente tal estado de cosas; pero cuando nos hayamos quitado de en medio a los patrones y a los gendarmes, y los hombres se consideren hermanos y piensen en ayudarse y no en explotarse unos a otros, no será muy difícil encontrar la fórmula.
De cualquier modo, se obrará como se sepa y se pueda, modificando y mejorando a medida que se aprenda a hacerlo mejor.


Ambrosio. – Entiendo. Usted es partidario de la prise au tas, como dicen sus camaradas franceses: cada cual produce lo que mejor le parece y lo echa al montón o, si usted quiere, deposita en los almacenes comunales lo que ha producido; y cada cual toma del montón todo lo que necesita y le place. ¿Es así?


Jorge. – Advierto que usted ha decidido a informarse un poco sobre la cuestión y supongo que ha leído los documentos de los procesos más atentamente de lo que lo hace cuando se trata de enviarnos a la cárcel. ¡Si los magistrados y los policías hicieran como usted, lo que se nos roba en los allanamientos a nuestros domicilios serviría al menos de algo!
Pero volvamos al tema. Esa fórmula de la toma del montón no es más que un modo de hablar, que expresa la tendencia a querer sustituir el espíritu mercantil de hoy por el espíritu de fraternidad y de solidaridad; pero no indica ciertamente un modo concreto de organización social. Quizá encuentre alguien entre nosotros que toma esa fórmula al pie de la letra, porque supone que el trabajo hecho espontáneamente será siempre superabundante y los productos se acumularían en tal cantidad y variedad que harían inútil toda regulación en el trabajo y en el consumo. Pero yo no pienso así sino que, como le he dicho, el hombre tiene siempre más necesidades que medios para satisfacerlas y me alegro de ello, porque ese hecho es la causa del progreso; y creo que, aunque se pudiese, sería un absurdo derroche de energía producir a ciegas para colmar todas las necesidades posibles, en lugar de calcular las necesidades efectivas y organizarse para satisfacerlas con el menor esfuerzo. Por lo tanto, una vez más, la solución está en el acuerdo entre los hombres y en los pactos tácitos o expresos, que llegarán cuando se haya conquistado la igualdad y estén inspirados por el espíritu de la solidaridad.
Trate de penetrar en el espíritu de nuestro programa y no se preocupe tanto de las fórmulas, que, en el nuestro, como en los demás partidos, no son más que una manera concisa e impresionante, pero casi siempre vaga e inexacta, de expresar una tendencia.


Ambrosio. – ¿Pero no se da cuenta que el comunismo es la negación de la libertad y de la individualidad? Tal vez haya podido existir en los tiempos primitivos, cuando el hombre, poco desarrollado intelectual y moralmente, estaba contento cuando podía satisfacer en la tribu sus apetitos materiales; tal vez es posible en una sociedad religiosa, monástica, que propone la supresión de las pasiones humanas, que se vanagloria de la absorción del individuo en la comunidad conventual y hace de la obediencia el primer deber. Pero en la sociedad moderna, con el florecimiento de la civilización producido por la libre actividad individual, con la necesidad de independencia y de libertad que atormenta y ennoblece al hombre moderno; el comunismo, si no fuese un sueño imposible, sería el regreso a la barbarie. Toda actividad se paralizaría, toda fecunda emulación para afirmar la propia individualidad se extinguiría...


Jorge. – Y así sucesivamente...
¡Basta! No derroche su elocuencia. Esas son frases hechas que conozco desde hace mucho y no son más que otras tantas mentiras, descaradas e inconscientes. ¡La libertad, la individualidad del que muere de hambre! ¡Qué cruel ironía! ¡Qué profunda hipocresía!
Usted defiende una sociedad donde la gran mayoría vive en condiciones animales, una sociedad donde los trabajadores mueren de hambre y de miseria, donde los niños perecen a millones por falta de cuidados, donde las mujeres se prostituyen para tener qué comer; una sociedad donde la ignorancia entenebrece los espíritus, donde el que es instruido debe vender su saber y mentir para comer, donde ninguno está seguro del mañana ¿Y se atreve a hablarme de libertad y de individualidad?
Tal vez la libertad y la posibilidad de desarrollar la propia individualidad existirán para usted, para una pequeña casta de privilegiados... Pero ni eso. Los mismos privilegiados son víctimas de la lucha entre el hombre y el hombre, que corrompe toda la vida social; y saldrían beneficiados viviendo en una sociedad solidaria, libres entre libres, iguales entre iguales.
¿Cómo puede usted sostener que la solidaridad perjudica la libertad y el sentimiento de la individualidad? Si discutiésemos sobre la familia -y de ella hablaremos algún día- no dejaría usted de entonar uno de los himnos habituales a esa santa institución, base, etc. Ahora bien, en la familia -en la que se glorifica, no en la que existe realmente- reinan el amor y la solidaridad. ¿Sostendría usted que los hermanos serian más libres y desarrollarían mejor su individualidad si, en lugar de quererse y de trabajar todos de acuerdo por el bienestar familiar, se pusieran a robarse mutuamente, a odiarse y a pegarse?


Ambrosio. – Pero para regular la sociedad como una familia, para organizar y hacer funcionar una sociedad comunista, se necesita una centralización intensa, un despotismo de hierro, un Estado omnipotente. ¡Figúrese qué potencia opresiva tendría un gobierno que dispusiera de toda la riqueza social y asignase a cada uno el trabajo que debe hacer y la parte que puede consumir!


Jorge. – Ciertamente, si el comunismo tuviera que ser como lo concibe usted y el autoritarismo, sería imposible; o en caso de tal, sterminaría en una colosal y complicadísima tiranía, que tarde o temprano provocaría una gran reacción. Pero nada de todo eso hay en el comunismo que propugnamos. Nosotros queremos el comunismo libre, anarquista, si la palabra no le ofende; es decir, queremos que el comunismo se organice libremente, de abajo a arriba, comenzando por los individuos que se unen en asociaciones, y continuando poco a poco, por federaciones de asociaciones, hasta abarcar toda la humanidad en un pacto general de cooperación y de solidaridad. Y como ese comunismo se habrá constituido libremente, libremente también deberá mantenerse, por la voluntad de los interesados.


Ambrosio. – ¡Pero para que todo eso fuese posible, sería necesario que los hombres fueran ángeles, que fuesen todos altruistas! Y, al contrario, el hombre es por naturaleza egoísta, malo, hipócrita, haragán.


Jorge. – Cierto. Para que sea posible el comunismo se necesita que los hombres, en parte por impulso de sociabilidad y en parte por una justa comprensión de sus intereses, no se odien entre sí y quieran ir de acuerdo y ayudarse mutuamente. Pero esto, lejos de ser una imposibilidad, hoy ya es un hecho normal y general. La presente organización social es causa permanente de antagonismos y conflictos entre las clases y los individuos; y si la sociedad puede mantenerse y no degenera literalmente en una horda de lobos que se devoran entre sí, es precisamente por el profundo instinto social humano que provoca los mil actos de solidaridad, de simpatía, de abnegación y de sacrificio que se realizan en todo momento, sin pensar siquiera en ellos; y que hacen posible que la sociedad perdure, no obstante el egoísmo que lleva en su seno.
El hombre es al mismo tiempo egoísta y altruista y lo es en su misma naturaleza biológica y pre-social. Si no hubiese sido egoísta, es decir, si no hubiese tenido el instinto de la propia conservación, no habría podido existir como individuo; y si no hubiese sido altruista, es decir, si no hubiese tenido el instinto de sacrificarse por los demás, cuya primera manifestación se encuentra en el amor a la prole, no habría podido existir como especie, ni, aún más, llegar hasta aquí.
La coexistencia del sentimiento egoísta y del sentimiento altruista, y la imposibilidad en la sociedad actual de satisfacerlos a ambos, hace que hoy ninguno esté contento, ni siquiera los que ocupan una posición privilegiada. Al contrario, el comunismo es la forma social donde el egoísmo y el altruismo se confunden o tienden a confundirse; y todos los hombres lo aceptarán, porque originará su bienestar y el de los demás.


Ambrosio. – Será como usted dice; ¿pero cree que todos querrán y sabrán adaptarse a las obligaciones que impone una sociedad comunista? ¿Si, por ejemplo, la gente no quisiera trabajar?
Pero usted, para adaptarlo a su imaginario, me dirá que el trabajo es una necesidad orgánica, un placer, y que todos rivalizarán para tener la mayor parte posible de él.


Jorge. – Yo no digo eso precisamente, aunque esa sea la opinión de muchos de mis compañeros. A mi modo de ver, lo que es una necesidad orgánica y un placer es el movimiento, la actividad tanto muscular como nerviosa; pero el trabajo es actividad disciplinada en vista de un fin objetivo y exterior del organismo. Y yo se muy bien que uno puede preferir los ejercicios ecuestres cuando, al contrario, sería necesario plantar coles. Pero creo que el hombre sabe adaptarse y se adapta muy bien a las condiciones necesarias para llegar al fin que persigue.
Dado que los productos que se obtienen del trabajo son necesarios para vivir, y nadie tendría los medios para obligar a los demás a trabajar para él, todos reconocerían la necesidad de trabajar y preferirían la organización donde el trabajo fuese menos penoso y más productivo; como es, según mi opinión, la organización comunista.
Considere, además, que en el comunismo son los mismos trabajadores los que organizan y dirigen el trabajo, y, por consiguiente, tienen el mayor interés en hacerlo agradable y fácil; considere que en el comunismo se formaría naturalmente una opinión pública que condenaría la
ociosidad como perjudicial a todos, y comprenderá que aunque hubiera ociosos, no serían más
que una minoría insignificante que se podría compadecer y soportar sin daño sensible.


Ambrosio. – Pero supongamos que, a pesar de sus previsiones optimistas, los ociosos fuesen muchos, ¿qué harían? ¿Los mantendrían igual? Entonces sería lo mismo mantener a los que llama burgueses.


Jorge. – En verdad existiría una diferencia y grande; pues los burgueses no sólo nos quitan una parte de lo que producimos, sino que nos impiden producir lo que queremos. De ningún modo digo que habría que mantener a los ociosos, cuando fuesen tan numerosos como para originar perjuicios; tanto más cuanto que el ocio y el hábito de vivir a su capricho, también les daría la idea de mandar. El comunismo es un pacto libre; el que no lo acepta, o no lo mantiene, queda fuera.


Ambrosio. – ¿Pero entonces habría una nueva clase de desheredados?

Jorge. – De ningún modo. Todos tienen derecho a la tierra, a los instrumentos de trabajo y a todas las ventajas de que puede gozar el hombre en el estado de civilización a que ha llegado la humanidad. Si uno quiere aceptar la vida comunista y las obligaciones que implica, es cuestión suya. Se acomodará como crea con aquellos con quienes esté de acuerdo, y si se encuentra peor que los demás, eso le demostrará la superioridad del comunismo y le impulsará a unirse con los comunistas.


Ambrosio. – ¿Pero entonces uno sería libre de aceptar o no el comunismo?


Jorge. – Ciertamente; y tendría los mismos derechos que tendrían los comunistas sobre las riquezas naturales y sobre los productos acumulados por las generación pasadas. ¡Qué diablo! ¿No le hablé siempre de libres acuerdos, de comunismo libre? ¿Cómo podría existir libertad si no hubiese alternativa posible?


Ambrosio. – ¿Por tanto usted no quiere imponer sus ideas con la fuerza?


Jorge. – ¿Está usted loco? ¿Nos toma por carabineros o por magistrados?


Ambrosio. – Entonces bien, nada hay de malo. Cada cual es libre de soñar lo que quiera.


Jorge. – Cuidado, sin embargo, con equivocarse; una cosa es imponer las ideas y otra es defenderse de los ladrones y de los violentos, y reconquistar sus propias derechos.


Ambrosio. – ¡Ah, ah! por consiguiente, para reconquistar los derechos emplearán la fuerza, ¿no es así?


Jorge. – Eso no se lo diré. Usted podría preparar por mi respuesta una requisitoria contra nosotros en algún proceso. Lo que le diré es que, ciertamente, cuando el pueblo tenga conciencia de sus derechos y quiera terminar... ustedes correrán el riesgo de ser tratados un poco rudamente. Pero eso dependerá de la resistencia que opongan. Si ceden de buena gana, todo será paz y amor; si en cambio, se obstinan, y yo estoy convencido de que se obstinarán, tanto peor para ustedes. Buenas noches.

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miércoles, 16 de marzo de 2011

EN EL CAFÉ - 6

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                                                              CAPÍTULO VI




Jorge. – Y bien, ¿han visto lo que ha sucedido? Alguien transcribió a un periódico nuestra última conversación y, por haberla publicado, ha sido secuestrado (Algunos de estos capítulos fueron escritos en 1897 y publicados en L’Agitazione, de Ancona, que era frecuentemente víctima del secuestro)


Ambrosio. – ¡Ah!


Jorge. – No, usted no sabe nada, claro... No comprendo cómo puede pretender tener razón cuando teme que el público conozca sus ideas. En aquel periódico estaban fielmente reflejados sus argumentos y los míos. Debería satisfacerle que el público pueda apreciar las bases sobre las que se apoya la actual constitución, y hacer justicia a las vanas críticas de sus adversarios. Pero al contrario, usted cierra la boca a la gente, confisca.



Ambrosio. – No tengo nada que ver con eso; pertenezco a la magistratura y no al ministerio público.


Jorge. – Ya, pero son todos colegas y les anima el mismo espíritu. Si mi conversación le
aburre, dígamelo e iré a hablar a otra parte.


Ambrosio. – No, no, al contrario. Le confieso que me interesa mucho. Continuemos, y en cuanto al secuestro, avisaré al procurador del rey. Después de todo, por ley nadie puede negarle el derecho a discutir.


Jorge. – Continuemos pues. La otra vez, si recuerdo bien, al defender el derecho de propiedad, usted tomó por base primero la ley positiva, es decir, el código, después el sentimiento de justicia, y por lo tanto la utilidad social. Permítame que recapitule en pocas palabras mis ideas al respecto. Según mi opinión, la propiedad individual es injusta e inmoral porque está fundada sobre la violencia abierta, sobre el fraude, o sobre la explotación legal del trabajo ajeno; y es nociva porque obstaculiza la producción e impide que se obtenga de la tierra y del trabajo todo lo necesario para satisfacer las necesidades de todos los hombres, porque crea la miseria de las masas y engendra el odio, los crímenes y la mayor parte de los males que afligen la sociedad moderna. Por eso la quisiera abolida para substituirla por un régimen de propiedad común, en el cual todos los hombres, dando su justa contribución de trabajo, obtuviesen el máximo de bienestar posible.



Ambrosio. – No veo con que lógica llega usted a la propiedad común. Usted ha combatido la propiedad porque, según su opinión, deriva de la violencia y de la explotación del trabajo; ha dicho que los capitalistas regulan la producción en vista de su beneficio y no para satisfacer al máximo las necesidades del público, con el menor esfuerzo posible de los trabajadores. Usted ha negado el derecho a obtener una renta de una tierra que no se cultiva con las propias manos, de prestar a interés el propio dinero o de sacar un beneficio empleándolo en la construcción de casas y otras industrias; pero el derecho del trabajador al producto del propio trabajo lo ha reconocido usted mismo; más aún, se ha convertido en su paladín.
Por consiguiente, por lógica, usted puede reclamar la verificación de los títulos de propiedad hecha según su criterio, la abolición del interés del dinero y de la renta; puede incluso pedir la liquidación de la sociedad presente y la división de las tierras y de los instrumentos de trabajo, entre los que quieren servirse de ellos, pero no puede hablar de comunismo. La propiedad individual de los productos del trabajo personal deberá existir siempre; y si quiere que su trabajador emancipado tenga la seguridad del mañana, sin la que no se hace trabajo alguno que no da un fruto inmediato, debe reconocer también la propiedad individual de la tierra y de los instrumentos de producción que uno emplee, al menos mientras los emplee.


Jorge. – Muy bien, continúe; se diría que usted también cree en el socialismo. Aunque de una tendencia distinta que la mía: pero, en fin, es socialismo. Un magistrado socialista es un fenómeno interesante.


Ambrosio. – No, no, nada de socialista. Lo hacía sólo para sorprenderle en contradicción y mostrarle que siguiendo su lógica debería ser no un comunista, sino un “repartidor”, un partidario de la división de los bienes. Y entonces le diría que el fraccionamiento de la propiedad haría imposible toda gran empresa y provocaría miseria general.


Jorge. – Yo, no soy repartidor, un partidario de la división de los bienes, ni, que yo sepa, lo es ningún socialista moderno. No creo que dividir los bienes sea peor que dejarlos unidos en manos de los capitalistas; pero sé que esa división, si fuera posible, sería perjudicial para la producción. Además no podría durar y llevaría de nuevo a la constitución de las grandes fortunas, a la explotación a outrance.
Digo que el trabajador tiene derecho al producto íntegro de su trabajo; pero reconozco que ese derecho no es más que una fórmula de justicia abstracta; y significa, en la práctica, que no debe haber explotadores, que todos deben trabajar y todos deben disfrutar de los frutos del trabajo, según los modos que convengan entre sí.
El trabajador no es un ser aislado en el mundo, que viva por sí y para sí, sino un ser racional que vive en un cambio continuo de servicios con los demás trabajadores, y debe coordinar sus derechos con los derechos de los demás. Por lo demás, es imposible, máxime con los métodos modernos de producción, determinar en un producto cuál es la parte exacta del trabajo de cada uno, como es imposible determinar, en la diferencia de productividad de cada obrero, o de cada grupo de obreros, que parte se debe a la diferencia de habilidad y de energía desplegada por los trabajadores y que parte depende de la diferencia de fertilidad del suelo, de la calidad de los instrumentos empleados, de las ventajas o dificultades dependientes de la situación topográfica o del ambiente social. Y, por tanto, la solución no puede encontrarse en el respeto al derecho estricto de cada uno, sino que debe buscarse en el acuerdo fraternal, en la solidaridad.


Ambrosio. – Pero entonces no existirá la libertad.


Jorge. – Al contrario, entonces es cuando habrá libertad. Ustedes, los llamados liberales, llaman libertad al derecho teórico y abstracto de hacer una cosa, y serían capaces de decir, sin reír ni ruborizarse, de un hombre que ha muerto de hambre por no haber podido procurarse el alimento del que hay suficiente. Nosotros, al contrario, llamamos libertad a la posibilidad de hacer una cosa o no hacerla, y esta libertad, que es la única verdadera, se vuelve tanto mayor cuando crece el acuerdo entre los hombres y el apoyo que se dan entre sí.


Ambrosio. – Usted ha dicho que si se dividieran los bienes, se reconstituirían pronto las grandes fortunas y se volvería al anterior estado. ¿Por qué?


Jorge. – Porque desde el principio sería imposible ponerlos a todos en estado de perfecta igualdad y luego mantenerla. Las tierras difieren grandemente entre ellas, las unas producen mucho con poco trabajo y las otras poco con mucho trabajo. Y las ventajas y desventajas de todo tipo que ofrecen las diversas localidades son grandes, y grandes también las diferencias de fuerza física e intelectual entre hombre y hombre. Ahora bien: en el momento de la división surgiría naturalmente la rivalidad y la lucha: las mejores tierras, los mejores instrumentos, los mejores lugares irían a manos de los más fuertes, más inteligentes o más astutos. Por consiguiente, encontrándose los mejores medios materiales en manos de los hombres mejor dotados, éstos se verían pronto en posición muy superior a los demás, y, partiendo de esta ventaja primigenia, fácilmente aumentarían en fuerza, volviendo a comenzar así un nuevo proceso de explotación y e el mismo espíritu xpropiación de los débiles que reconstituiría la sociedad
burguesa.


Ambrosio. – Pero eso se podría impedir con buenas leyes que declarasen inalienables las cuotas individuales y circundasen a los débiles de serias garantías legales.


Jorge. – ¡Uff! Usted siempre cree que todo puede solucionarse con leyes. Se nota su profesión. Las leyes se hacen y se deshacen según el capricho de los fuertes.
Los que son un poco más fuertes que el término medio, las violan; los que aún son más fuertes, las suprimen y hacen otras en su interés.


Ambrosio. – ¿Y entonces?


Jorge. – Entonces, se lo he dicho ya: es preciso sustituir la lucha entre hombres por el acuerdo y la solidaridad, y para conseguirlo, ante todo hay que abolir la propiedad individual.



Ambrosio. – Me pregunto si es usted comunista Todo es de todos, trabaja el que quiere y el que no quiere hace el amor. Comer, beber, divertirse. ¡Vaya país de Jauja! ¡Y que vida más hermosa, y que bello manicomio! -Risas-.


Jorge. – Al ver el aspecto que usted ofrece al querer defender con razonamientos esta sociedad, que sólo se rige con la fuerza bruta, no me parece verdaderamente que tenga mucho de qué reír.
Sí, señor, soy comunista. Pero usted parece tener una noción muy extraña sobre el comunismo. La próxima vez trataré de hacérselo comprender.
Por hoy, buenas noches.

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domingo, 13 de febrero de 2011

EN EL CAFÉ - 5

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                                                           CAPÍTULO V



Jorge. – Por lo que recuerdo, señor magistrado, habíamos dejado la conversación en el derecho de propiedad.


Ambrosio. – Efectivamente. Y siento verdadera curiosidad por oírle defender en nombre de la justicia y del derecho, sus propósitos de expoliación y de rapiña.
Una sociedad en que nadie estuviera seguro de lo suyo, no sería una sociedad, sino una horda de lobos dispuestos siempre a devorarse entre sí.


Jorge. – ¿Y no le parece que es eso lo que ocurre en la actualidad?
Usted nos acusa de querer la expoliación y la rapiña; pero, al contrario, ¿no son los propietarios los que expolian continuamente a los trabajadores y les arrebatan el fruto de su trabajo?


Ambrosio. – Los propietarios emplean sus bienes como mejor les parece y tienen el derecho de hacerlo, del mismo modo que los trabajadores disponen libremente de sus brazos. Patrones y obreros contratan libremente el precio de la obra, y cuando el contrato no es violado, ninguno tiene derecho a quejarse.
La caridad podrá aliviar los dolores demasiado agudos, los sufrimientos inmerecidos, pero el derecho debe permanecer intangible.


Jorge. – ¡Pero qué dice usted de contrato libre! Si el obrero no trabaja, no come, y su libertad se parece a la del viajero asaltado por los atracadores, que da la bolsa para que no le quiten la vida.


Ambrosio. – Admitámoslo; pero no por eso puede negar el derecho a cada cual de disponer de lo suyo como le plazca.


Jorge. – ¡Lo suyo, lo suyo! Pero, ¿cómo y por qué puede decir el propietario agrícola que la tierra y los productos son suyos y cómo puede llamar bienes suyos el capitalista a los instrumentos de trabajo y a los demás capitales creados por la actividad humana?


Ambrosio. – La ley les reconoce el derecho.


Jorge. – ¡Ah! Si solo se trata de eso, entonces el atracador también podría tener el derecho a asesinar y a robar; solo tendría que formular algunos artículos de la ley que le reconociese ese derecho. Y, por lo demás, eso es precisamente lo que han hecho las clases dominantes: han hecho la ley para consagrar las usurpaciones ya perpetradas, o como medio para las nuevas.
Si todos sus “supremos principios” están fundados en los códigos, bastará que mañana una ley decrete la abolición de la propiedad privada, y lo que usted llama rapiña y expoliación se convertirá repentinamente en un “principio supremo”.


Ambrosio. – Eso no es posible, la ley ha ser justa y debe conformarse con los principios del derecho y de la moral, y no del resultado de un capricho desenfrenado, de otro modo…


Jorge. – Por lo tanto no es la ley la que crea el derecho, sino el derecho el que justifica la ley. Entonces, ¿cuál es el derecho según el que toda la riqueza existente, tanto la natural como la creada por el trabajo del hombre, pertenece a pocos individuos y les da derecho de vida y de muerte sobre el resto?


Ambrosio. – Es el derecho que tiene, que debe tener todo hombre a disponer libremente del producto de su actividad. Es un sentimiento natural del hombre, sin el cual no habría sido posible civilización alguna.



Jorge. – Bien, he aquí cómo se convierte en defensor de los derechos del trabajo. Excelente, pero dígame, ¿cómo es que aquéllos que trabajan son los que no tienen nada, mientras que la propiedad pertenece precisamente a los que no trabajan?
¿No le parece que lo lógico sería tratar a los actuales propietarios como usurpadores, y que, en justicia, sería necesario expropiarlos para devolver las riquezas a sus legítimos propietarios, los trabajadores?


Ambrosio. – Si hay propietarios que no trabajan, es porque han trabajado antes, ellos o sus antepasados, y tuvieron la virtud de ahorrar y el ingenio de hacer fructificar sus ahorros.


Jorge. – Claro… imagine usted un trabajador, que en general apenas gana para alimentarse, ahorrando y amontonando riquezas.
Usted sabe perfectamente que el origen de la propiedad está en la violencia, en la rapiña, el robo legal o ilegal. Pero admitamos que exista quien haya conseguido ahorrar dinero sobre el producto de su trabajo, de su propio trabajo personal; si lo quiere disfrutar más tarde, cuándo y cómo le parezca, no hay nada que objetar. Pero la cosa cambia completamente de aspecto cuando comienza lo que usted llama: hacer fructificar los ahorros. Eso significa hacer trabajar a los demás y robarles una parte de su trabajo; significa acaparar mercaderías y venderlas más caras de lo que cuestan; significa crear artificialmente la carestía para especular sobre ella, significa quitar a los otros los medios para vivir trabajando libremente, a fin de obligarles a trabajar por poco salario. Y otras tantas cosas parecidas que ya nada tienen que ver con el sentimiento de justicia y que demuestran que la propiedad, cuando no deriva de la rapiña franca y abierta, lo hace del trabajo de los demás.
¿Le parece a usted justo que un hombre que, concedámoslo, con su trabajo y con su ingenio ha reunido un poco de capital, pueda después robar a los demás el producto de su trabajo y, además, entregar a todos sus descendientes el derecho a vivir ociosos a costa de los trabajadores?
¿Le parece justo que, porque haya habido unos pocos hombres trabajadores y ahorradores, que han acumulado capital, el resto de la humanidad deba ser condenada a la perpetua miseria y al embrutecimiento?
Por otro lado, aunque uno haya conseguido, sólo a través de su esfuerzo, disponer de multitud de recursos no podría por eso ser autorizado a causar mal a los demás, para quitarles los medios de vida. Si alguien hiciera un camino a lo largo del litoral, no podría reivindicar por eso el derecho a impedir a los otros el acceso al mar. Si alguien pudiese cultivar por sí solo toda una provincia, no podría por eso condenar al hambre a todos los sus habitantes. Si uno hubiese creado nuevos y poderosos medios de producción, no tendría derecho a usar su invención para someter al resto de los hombres y, menos aún, el de asociar a todos sus descendientes el derecho a dominar y explotar las generaciones futuras.
Aparte de eso, ¿cómo puede suponer, aunque sólo sea un instante, que los actuales propietarios son trabajadores o descendientes de trabajadores? ¿Quiere usted que le explique el origen de la riqueza de todos los señores de nuestro país, tanto de los nobles de vieja estirpe como de los nuevos administradores?


Ambrosio. – No, no, por favor, dejemos a un lado las cuestiones personales. Si hay riquezas mal adquiridas, no es esa una razón para negar el derecho de propiedad. Lo pasado, pasado está y de nada sirve buscar su origen de siglos pasados.


Jorge. – No los removamos, si así lo desea. Para mí la cosa no tiene importancia. La propiedad individual debe ser abolida, no sólo porque puede haber sido más o menos mal adquirida, sino porque da el derecho y los medios de explotar el trabajo ajeno y siempre termina por poner la mayoría de los hombres bajo el albedrío de unos pocos.
Pero, a propósito, ¿cómo puede justificar usted la propiedad individual de la tierra con su teoría del ahorro, cuando no puede decirse que ha sido producida por el trabajo de los propietarios o de sus antepasados?


Ambrosio. – He aquí la cuestión. La tierra inculta, estéril, no tiene valor. El hombre la ocupa, la abona, la hace fructífera y, naturalmente, tiene derecho a los frutos que sin su trabajo no habría producido.


Jorge. – Perfectamente: ese es el derecho de los trabajadores a los frutos de su trabajo; pero ese derecho cesa apenas se termina de cultivar la tierra. ¿No le parece?
Ahora bien: ¿cómo es que los propietarios actuales poseen territorios, a menudo inmensos, que no trabajan para ellos mismos, que no han trabajado nunca y que, a menudo, ni siquiera dejan trabajar a otros? ¿Cómo es que unos pocos poseen tierras que jamás fueron cultivadas? ¿Qué tipo de trabajo puede haber dado origen, en este caso, al derecho de propiedad?
La verdad es que la tierra y todavía más el origen de la propiedad es la violencia. Y usted no logrará justificarla si no es aceptando el principio de que el derecho es la fuerza, en cuyo caso... ¡ay de ustedes si un día son los más débiles!


Ambrosio. – En todo caso, usted olvida la utilidad social, las necesidades inherentes al consorcio civil. Sin el derecho de la propiedad no habría seguridad ni trabajo ordenado; y la sociedad se disolvería en el caos.


Jorge. – ¡Cómo! ¿Ahora me habla de utilidad social? ¡Pero si en nuestra primera conversación hablé de los males que la propiedad produce, y usted me recordó la cuestión del derecho abstracto!
Pero basta por esta noche. Discúlpeme, debo marchar. Volveremos a hablar.

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viernes, 4 de febrero de 2011

EN EL CAFÉ - 4

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                                                       CAPÍTULO IV



César. – Me gusta razonar con usted. Tiene una manera de presentar las cosas que parece tener razón... y no digo que se equivoque en todo.
En el actual orden social hay ciertamente absurdos reales o aparentes. Por ejemplo, una cosa imposible de entender es la aduana. Mientras que la gente muere de hambre o de pelagra por no tener pan bueno y abundante, el gobierno dificulta la recepción del grano de América, que tiene más del que necesita y desea vendérnoslo. Es como uno que, teniendo hambre, rehusara comer. Sin embargo...

Jorge. – Sí, pero el gobierno no tiene hambre; y tampoco la tienen los propietarios del grano de Italia, en interés de los cuales, el gobierno decreta derechos de entrada sobre el trigo. Si decidiesen los que tienen hambre, nadie rehusaría la importación del grano.

César. – Lo sé, y comprendo que con esos argumentos logre usted abrirse camino entre el pueblo, que ve las cosas en conjunto y por un solo lado. Pero, a fin de no engañarse, es necesario examinar todos los aspectos de la cuestión y yo me preparaba a hacerlo cuando me interrumpió.
Es verdad que el interés de los propietarios influye mucho en la imposición de las tarifas de entrada. Pero, por otra parte, si las fronteras fuesen abiertas, los americanos que pueden producir grano y carne en mejores condiciones que nosotros, acabarían por abastecer completamente nuestro mercado; y entonces, ¿qué harían nuestros campesinos? Los propietarios se arruinarían, pero los trabajadores aún estarían peor. El pan podría venderse a cinco céntimos el kilo, pero si no hubiera manera de ganar esos cinco céntimos, la gente moriría de hambre igual que antes. Por otro lado, los americanos, más o menos barata, querrían cobrar su mercancía; y si en Italia no se produjese, ¿con qué se pagaría?
Me dirá que en Italia se podrían cultivar productos más adecuados para su suelo y su clima y cambiarlos con los de otras países: el vino, por ejemplo, las naranjas, las flores… Pero, ¿y si esas cosas que nosotros podemos producir a buen precio, no las quieren los demás porque no las utilizan o las hacen ellos mismos? Sin contar que, para transformar el cultivo se necesita capital, conocimientos y, sobre todo, tiempo, ¿entretanto qué comemos?

Jorge. – ¡Perfecto! Ha puesto usted el dedo en la llaga. El libre cambio no puede resolver la miseria, como no puede resolverla el proteccionismo. El libre cambio favorece a los consumidores y perjudica a los productores, y, viceversa, el proteccionismo favorece a los productores y perjudica a los consumidores, de modo que para los trabajadores, que son al mismo tiempo productores y consumidores, es lo mismo y siempre lo será hasta que sea abolido el sistema capitalista.
Si los obreros trabajasen por su cuenta y no para beneficio de los patrones, toda región podría producir lo suficiente para sus necesidades y después no tendría más que ponerse de acuerdo con los otros países para distribuir el trabajo de producción según la calidad del suelo, el clima, la facilidad para tener materias primas, las costumbres de los habitantes, etc.; de manera que todos los hombres podrían tener el máximo de disfrute con el mínimo de esfuerzo.

César. – Sí, pero eso no es más que una utopía.

Jorge. – Lo será ahora, pero cuando el pueblo haya comprendido que así se puede vivir mejor, se transformará en realidad. No hay más obstáculo que el egoísmo de los unos y la ignorancia de los otros.

César. – Hay muchos obstáculos, amigo mío. Usted cree que una vez expulsados los patrones, se nadaría en la opulencia…

Jorge. – No digo eso. Al contrario, pienso que para salir del estado de penuria en que nos mantiene el capitalismo, y para organizar la producción de modo que satisfaga ampliamente las necesidades de todos, será preciso trabajar mucho; pero no es la voluntad de trabajar la que falta al pueblo, es la posibilidad. Nosotros nos lamentamos del sistema actual, no tanto porque nos toca mantener a los ociosos en el confort, aunque eso no nos plazca, como porque son los ociosos los que regulan el trabajo y nos impiden trabajar en buenas condiciones y producir lo suficiente para todos.

César. – Usted exagera. Es verdad que a menudo los propietarios no hacen trabajar para así especular sobre la escasez de los productos, pero aún lo es más porque carecen de capitales.
La tierra y las materias primas no bastan para producir. Necesitamos, usted lo sabe, instrumentos, máquinas, locales, medios para pagar a los obreros mientras trabajan, es decir: capital; y eso solo se consigue con el tiempo. ¡Cuántas empresas no pasan de ser un proyecto y fracasan, por falta de capitales! Figúrese si además y como usted desea, viniera una revolución. Con la destrucción del capital y el gran desorden que se generaría, solo conseguiría más miseria.

Jorge. – Ese es otro error u otra mentira de los defensores del orden presente: la falta de capital. El capital puede faltar a cualquier empresa a causa del acaparamiento hecho por otros, si lo suma, encontrará que hay gran cantidad de capital inactivo, lo mismo que hay gran cantidad de tierras incultas.
¿No ve cuántas máquinas se herrumbran, cuántas fábricas permanecen cerradas, cuántas casas están despobladas o poco habitadas, mientras la mayoría no encuentra casa y los albañiles no encuentran trabajo?
Se necesita alimento para los obreros mientras trabajan; pero también deben comer aunque estén desocupados. Comen poco y mal, pero quedan con vida y dispuestos a trabajar, en cuanto un patrón tiene necesidad de ellos. Por lo tanto, no es porque faltan los medios para vivir, por lo que los obreros no trabajan. Si pudiesen trabajar por su cuenta, aceptarían también -si fuese verdaderamente necesario- el trabajo viviendo como viven estando desocupados, porque sabrían que con aquel sacrificio temporal saldrían definitivamente del estado de miseria y de opresión.
Figúrese, las veces que un terremoto destruye una ciudad, arruina una comarca entera. Y en poco tiempo la primera se reconstruye más bella que antes y en la segunda no queda ni rastro del desastre. Curioso que entonces los propietarios y los capitalistas encuentren los medios para reconstruirlo todo en un abrir y cerrar de ojos, en el mismo lugar donde no había dinero para construir una casa para los obreros.
En cuanto a la posible ruina que provocaría la revolución, es de esperar que el pueblo no quiera destruir lo que pasaría a ser de su propiedad. De cualquier modo tampoco sería peor que lo acontecido por un terremoto.
En principio no deberían existir impedimentos para conseguir el objetivo, excepto dos, que sin superarlos sería imposible continuar: la inconsciencia del pueblo y los carabineros; pero


Ambrosio. – Usted habla de capitales, de trabajo, de producción, de consumo, etc., sin embargo, de derecho, de justicia, de moral y de religión nunca dice nada.
Buscar la mejor manera de utilizar la tierra y el capital es muy importante; pero
Aún lo son más las cuestiones morales. El ideal es que todo el mundo viva bien; pero si para alcanzar esa utopía hubiera de renegar de los principios del derecho, sobre los cuales debe fundamentarse toda sociedad civil; entonces prefiero mil veces mantener la actual injusticia. Y además, piense que debe haber una voluntad suprema que lo regule todo.
El mundo no se ha hecho por sí mismo y debe haber un más allá, no digo Dios, paraíso, infierno, porque usted es incapaz de creer en eso, pero debe haber algo que explique todo y en el cual las aparentes injusticias de aquí abajo encuentren su compensación. ¿Cree usted que puede violar la armonía del universo? Nadie puede y no tenemos más remedio que aceptar lo establecido.
Termine de una vez por todas, de sobornar las masas, de suscitar quiméricas esperanzas en el alma de los desheredados, de aventar las brasas. ¿Es que quiere destruir la civilización heredada de nuestros ascendientes, mediante una revolución social?
Si quiere hacer buena obra, si quiere aliviar en lo posible el sufrimiento de los míseros, dígales que se resignen con su propia suerte; pues la verdadera felicidad está en contentarse. Por otra parte, cada cual debe llevar su cruz; todas las clases sociales tienen sus tribulaciones y sus obligaciones, y no siempre los más felices son los que viven en la opulencia.


Jorge. – Vamos, honorable magistrado, deje a un lado las declamaciones sobre los “grandes principios” y las indignaciones convencionales; no estamos en el tribunal y en este momento no tiene que pronunciar sentencia alguna contra mí.
¡Como se adivina, al oírle hablar, que usted no está entre los desheredados! Y es tan útil la resignación de los míseros para quienes viven a su costa.
Ante todo, déjese, le ruego, de argumentos trascendentales y religiosos, en los cuales ni usted mismo cree. De los misterios del universo no sé nada y usted no sabe más que yo; por eso es inútil traerlos a discusión. Por otra parte, considere que la creencia en un dios creador y padre de los hombres no sería una buena arma para usted. Si los sacerdotes, que siempre han estado y están al servicio de los señores, deslegitiman el deber de los pobres de resignarse a su suerte, otros podrían legitimar (y en el curso de la historia hay quien lo ha hecho) el derecho a la justicia y a la igualdad. Si Dios es nuestro padre común, todos nosotros somos hermanos. Y Dios no puede querer que algunos de sus hijos exploten y martiricen a los otros; y los ricos, los dominadores, serían los Caínes malditos por el padre. Pero dejemos eso.


Ambrosio. – Bien, dejemos la religión, porque con usted sería inútil hablar de ella.
Pero supongo que admite la existencia de un derecho y una moral por encima de todo.


Jorge. – Escuche, si fuese verdad que el derecho, la justicia, la moral, exigieran y consagraran la opresión y la infelicidad, aunque fuera de un solo ser humano, le diría de inmediato que derecho, justicia, moral, no son más que mentira, arma infames forjadas para la defensa de los privilegiados; y tales han sido cuando se entienden como usted las entiende.
El derecho, la justicia y la moral deben procurar el máximo bienestar de todos, de otro modo son sinónimos de prepotencia y de injusticia. Y es tan cierto que este concepto responde a la necesidad de la existencia y del desarrollo de la sociedad, que se ha formado y persiste en la conciencia humana y va adquiriendo cada vez más fuerza, a pesar de todos los esfuerzos en contra, de aquéllos que hasta ahora gobernaron el mundo.
Usted mismo no puede defender, mas que con pobres sofismas, las presentes instituciones con los principios de la moral y de la justicia como usted los entiende cuando habla abstractamente.


Ambrosio. – Ciertamente, usted muy presuntuoso. No le basta negar, como me parece que hace, el derecho de la propiedad; sino que también pretende que nosotros somos incapaces de defenderlo con nuestros propios principios.


Jorge. – Justamente. Y si quiere se lo demostraré la próxima vez.

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